Cumpleaños...
Recuerdo a mi abuela preparando las más variadas exquisiteces sobre el marmóreo poyo de la cocina de casa.
Frente a la ventana de cristal translúcido, montañas de esponjosas medias lunas se debatían entre permanecer erguidas o sucumbir en un silente derrumbe. A su lado, el papel de plata envolvía sabrosos fiambres que les darían el toque de color y sabor imprescindible.
Adoraba preparar las cotufas. Aún se conserva el alto y antiquísimo caldero donde el aceite hirviente provocaba esos desordenados saltos que producían tan simpático ruido al chocar contra la acerada tapa. Ese sonido aún me hace sonreir sin que exista una explicación para ello. Entonces, empujaba la deslizante puerta del armario empotrado y contemplaba extasiada el conjunto de carcajeantes bolsas rojizas de papas que ansiaban ser abiertas y desparramar, así, su contenido por las fuentes de cristal.
La tarta aguardaba en la nevera y las velas permanecían en el cajón de la derecha del rectangular aparador del comedor, junto a las grises ventanas desde donde, en los días de lluvia, me dejaba arrastrar por los arroyos que nacían frente a mi hogar. Las enormes botellas de pesado cristal rellenas de coloristas bebidas enfriaban sus traseros, oteando desde abajo a alguna osada hoja de lechuga que, curiosa, se asomaba por entre las rendijas de su plástica prisión.

Plop, plop, plop, las cotufas bailaban su caótica danza mientras los exóticos anacardos me saludaban, encantados de morir próximamente en el mar de mi boca. Mientras tanto, el pan de molde era untado por las siempre demasiado rápidas manos de mi abuela. Más tarde, ya me encargaría yo de rematar la faena, de forma más calmada, extendiendo la oleosa mantequilla por las esquinas que mi yaya y sus prisas habrían dejado desnudas.
Las aceitunas reinaban sobre la enorme mesa que tantas veces acompañó mis juegos compartidos, mis sueños solitarios, mis aventuras espirituales, mis escondidos sollozos, mis insomnes madrugadas de estudio. La mesa en que mi padre soltaba, tintineantes, las menudas monedas de su bolsillo. Monedas que yo sisaba para, luego, cambiarlas por un pirulí chupeteado a escondidas.
Siempre eran días oscuros, íntimos, húmedos, durante los que compactos nubarrones se empeñaban en regalarme su acuosa ofrenda en forma de un océano de incontables gotas. Días que para la mayoría de la gente resultan tristes, apagados y, sin embargo, para mi suponen el reencuentro con lo que soy. Días de feliz recogimiento, de lecturas al calor de una manta, de paseos entre calles fantasmagóricas, días donde el olor a tierra mojada se me antoja como el más sensual de los perfumes y en los que mi mirada juega a tropezarse con los felinos ojos guarecidos bajo los tibios coches.
Hoy no han danzado las cotufas.
Hoy mi abuela dormita entre confusos sueños.
Hoy la casa, vacía, aún espera mi regreso.
Hoy las velas se han quedado en la esquina del cajón.
Hoy el sol ha decidido mostrar su faz más resplandeciente.
Hoy ya no soy una niña.
Hoy quiero no dejar de serlo.































































































el divan de lo efimero dijo
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9 Diciembre 2005 | 11:03 AM