Redonda y pequeña, se sentía anhelante por conocer todo lo que le esperaba en ese mundo exterior del que tanto había oído hablar. ¿Desde cuándo se sentía así? Echaba mano de su perfecta memoria y se respondía que desde siempre. Recuerda esa sensación, esa necesidad suplicante de salir y experimentar por ella misma desde el justo momento de ser creada.

Al lugar donde se hallaba, de vez en cuando, llegaban vagos ecos de lo que sucedía fuera. La mayoría de las veces eran rumores de dolor los que la empujaban a asomarse. En otras ocasiones, las menos, la alegría y la ilusión eran quienes la llamaban a otear ese universo que le suponía nacer en un segundo para rápidamente sucumbir en un olvidado recuerdo. Pero así era su traidora naturaleza: una sempiterna espera para finalmente devenir en un instante de suma perfección y así, bruscamente, fenecer.

Muchas otras le habían precedido, pero ella se sentía diferente, notaba que existía un nexo especial que le unía a su hacedora. Le resultaba llamativo y hasta simpático que siempre se hablase de un dios masculino cuando ella conocía a la perfección que la fuerza que la mantenía viva era sin duda alguna una energía femenina. La sentía cuidándola, atesorándola como una dulce y acariciadora madre. Alguna que otra vez lo había comentado con alguna compañera, pero optó por desistir en comunicarse con el resto ya que las demás sólo se preocupaban por empujar y empujar. No se molestaban por nada más que mirar hacia arriba y empujar y empujar. Ella no.
Hacía ya mucho tiempo que había preferido acomodarse en su estrecho lugar y centrar toda su atención en ese universo que había más allá. Para las demás se había convertido en alguien ajeno, extraño y eso la enorgullecía hasta el punto de saberse distinta y única.

De pronto, una sensación nueva la sobrecogió. Su hacedora le hacía llegar rumores ya casi olvidados. Sorprendida, observó a las demás, rodeándola, buscando en ellas, casi suplicante, una confirmación de que eso que estaba experimentando, también les estaba sucediendo a ellas. Pero el resto proseguía empujando y empujando, ajenas a lo que estaba ocurriendo. No sabía cómo definirlo. Esa sensación no era desconocida para ella, pero hacía tanto tiempo que no la había vuelto a vivir que casi la había olvidado por completo. ¿Angustia?¿Complacencia?¿Espectación?¿Amor?¿Desazón?¿Esperanza?¿Olvido?¿Temor? No podía, no lograba reconocerla. Tal vez fuera en realidad un compendio de sentimientos. Su hacedora solía mostrársele como un ordenado caos de sensaciones que, por separado, no dejarían de aparecer como un número casi incontable de imperfecciones pero que, conjuntamente, conformaban el sumum de perfección necesario para constituir la fuerza creadora que la había parido y que la mantenía a la espera de sucumbir al encanto de ser protagonista de su propia vida.

Lentamente, notó cómo su diosa madre iba abrazándola y tirando de ella. Emocionada, se dejó hacer, se abandonó limitándose a disfrutar del momento cumbre que parecía haber llegado. Por un instante miró hacia abajo y contempló a sus compañeras apretando y apretando y entonces comprendió que el secreto para ser escogida era precisamente el no apretar, el no empujar, el entregarse sin esperar nada a cambio, el no ser era el secreto para ser la protagonista de tu propia vida.

El camino se fue estrechando mientras subía y, sin embargo, se sentía cada vez más comoda, más holgada. De pronto logró atisbar algo a lo lejos. Notó una calidez que iba en aumento a medida que se acercaba a ese punto que crecía sin cesar y la atraía sin pausa ni demora. ¡Por fin iba a encontrarse con su creadora! El momento tan largamente soñado había llegado y, cuando un inseguro escalofrío la estremeció, sucedió.

Se derramó en un acto de generosidad extrema y mientras rodaba mejilla abajo, la pequeña lágrima regaló ese húmedo rastro que dejaría su marca eterna en el alma de la diosa. Al acercarse al hueco de la comisura labial y al saber que le restaba un brevísimo instante para que todo acabara, se atrevió a hacer una levísima parada y así poder ser testigo del rostro de aquella a la que debía el ser. Y fue justo en ese momento cuando la diosa la tomó con exquisito cuidado con la yema de uno de sus dedos y sonriendo, la recorrió con su escrutador mirar, mientras la depositaba en el mar rugiente entre sus labios para volver a formar parte de ella.