Imagina que un día te apetece ir a ver una exposición a un museo.
Imagina que, tras disfrutar del arte, pillas un autobús para regresar a tu hogar.
Imagina que, una vez en el bus, observas cómo una mujer de mediana edad no te quita ojo de encima.
Imagina que, en un momento dado, esa desconocida te solicita, educada y amablemente, hablar contigo.
Imagina que la escuchas entre el resto de viajeros que suben y bajan.
Imagina que la señora te recomienda que te hagas una analítica.
Imagina que, además, te escribe en un papel los dos marcadores que debes vigilar al saber los resultados de dicha analítica.
Imagina que añade que ha visto en tu rostro, en labios y nariz, concretamente, claros signos que implican la existencia de un tumor de hipófisis.
Imagina que también te explica que, aunque a tiempo, no tardes en ir al médico.
Imagina que, sin más, igual de educada y amable, te dice adiós y se apea del autobús.
Imagina que un mes después de ese extraño encuentro te realizas el análisis aconsejado.
Imagina que aquellos dos marcadores, que treinta días antes te escribió en un trozo de papel la desconocida del bus, salen disparados.
Imagina que comienzas a peregrinar entre ginécologos y endocrinos.
Imagina que, finalmente, te dignostican un minúsculo tumor en la hipófisis.
Imagina que te operas, puesto que según todos los médicos, la ubicación del tumor es muy peligrosa.
Imagina que todo sale bien y que, casi un año después del inaudito encuentro, vuelves a estar perfectamente gracias a todo lo que te indicó la misteriosa desconocida.
Puestos a imaginar, lo cierto es que no nos haría falta demasiada imaginación para suponer que todo lo anterior podría centrar la acción de una nueva película cinematográfica o de un novedoso serial televisivo, ¿verdad? Y sin embargo, nada más lejos.
Siempre digo que la realidad supera a la ficción -y ¡de qué maneras!- y un magnífico ejemplo de ello es la historia que has leído hace un instante y que le sucedió, en enero pasado, a Montse Ventura, vecina de Barcelona.
Hoy Montse busca a su "ángel de la guarda" a través de la prensa catalana.
Ahora Montse busca a una mujer delgada, de unos 50 años y con pelo rizado y castaño de la que no sabe nada y a la que, sin embargo, le debe su buena salud actual.
Montse busca a esa señora que viajaba en el autobús número 64 de Barcelona aquella mañana de principios de año porque desea darle las gracias de todo corazón.
Casi siempre la prensa publica escándalos, dolor, muerte, desolación, problemas, crisis, tristeza y decadencia. Sin embargo, ayer, fueron muchos los medios escritos y digitales que se hicieron eco de una historia real plena de generosidad, lucha, esfuerzo y misterio. Por eso he querido traértela a través de las líneas de este blog.
¿Encontrará Montse a la mujer que la avisó de un peligro mortal?
¡¡ MERECE LA PENA LEERLO CON ATENCIÓN PORQUE ME PARECE QUE HAY ALGO EN LO QUE NOS ESTAMOS EQUIVOCANDO!!
Un hombre de negocios norteamericano estaba en el embarcadero de un pueblecito costero de México cuando llegó una barca con un solo tripulante y varios atunes muy grandes. El norteamericano felicitó al mexicano por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo había tardado en pescarlo.
El mexicano replicó: ¡Oh! Sólo un ratito.
Entonces el norteamericano le preguntó por qué no se había quedado más tiempo para coger más peces.
El mexicano dijo que ya tenía suficiente para las necesidades de su familia.
El norteamericano volvió a preguntar: "¿Y qué hace usted entonces con el resto de su tiempo?"
- El mexicano contestó: "Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer, voy cada tarde al pueblo a tomar unas copas y a tocar la guitarra con los amigos. Tengo una vida plena y ocupada, señor".
- El norteamericano dijo con tono burlón: "Soy un graduado de Harvard y le podría echar una mano. Debería dedicar más tiempo a la pesca y con las ganancias comprarse una barca más grande. Con los beneficios que le reportaría una barca más grande, podría comprar varias barcas. Con el tiempo, podría hacerse con una flotilla de barcas de pesca.
En vez de vender su captura a un intermediario, se la podría vender al mayorista; incluso podría llegar a tener su propia fábrica de conservas. Controlaría el producto, el proceso industrial y la comercialización. Tendría que irse de esta aldea y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y finalmente a Nueva York, donde dirigiría su propia empresa en expansión.
- Pero señor, ¿cuánto tiempo tardaría todo eso?
- De quince a veinte años.
- Y luego ¿qué?
El norteamericano soltó una carcajada y dijo que eso era la mejor parte: "Cuando llegue el momento oportuno, puede vender la empresa en bolsa y hacerse muy rico. Ganaría millones".
- ¿Millones, señor? Y luego ¿qué?
- Luego se podría retirar. Irse a un pequeño pueblo costero donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus nietos, hacer la siesta con su mujer e irse de paseo al pueblo por las tardes a tomar unas copas y tocar la guitarra con sus amigos.
- Bueno, pero eso es lo que hago ahora señor ¿Por qué tengo que esperar veinte años?
Moraleja: ¡¡¡ Hay que replantearse la vida, amigos !!!!
10 horas contigo...Risas cómplices y serena alegría.
10 días contigo...La felicidad del compartirme.
10 tardes contigo...Silencios repletos de nosotros.
10 noches contigo...Soñando con tu piel, después de acariciarla.
10 meses contigo...Agarrados de las manos.
10 años contigo...Los que hoy celebramos.
Hace años, el amor que te sentía me hizo escribir unos renglones casi tan bellos como tu propia alma.
Hoy, cuando se cumplen 10 años del día en que nos conocimos, quiero volver a hacerlos tuyos, míos, nuestros.
Hoy deseo volver a susurrártelos sólo a ti.
Porque son tuyos. Porque eres tú. Porque siempre serás tú. Porque eternamente seremos nosotros.
Como siempre fue y será...
"Me gusta verte dormir, tranquilo, relajado, como el bebé que descansa sobre el regazo de una amorosa madre.
Me gusta espiar tus sueños y observar cómo el diurno e interrogador ojo continúa igual de vivaz pese al telón de piel y carne que ahora lo cubre.
Me gusta observar el hinchado de tu pecho: gradual y constante, como una cálida y casi eterna marea empeñada en remojar mis desnudos pies, una y otra vez.
Me gusta, sobre todo lo anteriormente recordado, escuchar tus incipientes gimoteos y cómo balbuceas inconexas sílabas, asemejándote a un cachorrillo indefenso y abandonado.
Es en esos momentos, cuando te susurro un casi inaudible "ven conmigo", cuando tu mano, casi en un acto reflejo inconsciente, busca acomodarse entre mi pecho y mis brazos, cuando todo tu cuerpo yacente, se aproxima buscando mi calor, cuando me siento, dueña y señora de una parte de esa entrega.
Es entonces cuando mi orden se transforma en súplica, en ruego, en una necesidad vital de parar el tiempo. Me niego a que continúe el odioso tic-tac de este segundero maldito. No quiero que la llegada del alba nos arroje a un nuevo día de aburridas rutinas, de sosos sinsabores y de apáticas costumbres.
¿Por qué no se me ha otorgado la capacidad de parar el transcurrir de los astros?
¿Por qué siendo parte y todo de la Diosa Madre no recordé en el momento de parirme a mí misma que el tiempo podía convertirse en el mayor enemigo dentro del mundo corpóreo al que me veía abocada?
Es en ese instante, cuando un tímido rayo de sol, después de viajar atravesando universos, se empeña en azotar mi mirada -hasta entonces subyugada por la magia de este rostro que un día decidió mirar en mi misma dirección y anclarse en la bahía de mi vida-, es ahí, en este segundo tan odioso como esperado, cuando rompo la inmovilidad que me atenazaba y cuando mis labios, como sépalos de un orgiástico cáliz, se entreabren sobre un pedazo de esa piel que siento como mía, aunque viva fuera de mi propio ser.
Y es este gesto, este leve roce de pieles y de humedades, esta caricia casi prohibida, este secreto choque de existencias, el que me vuelve a elevar hasta mi propio cielo, al que siempre pertenecí y del que jamás he salido, puesto que yo soy el Todo y Todo está en mí.
Ahora ya no importan rutinas, costumbres, sinsabores. Ahora el tiempo pasa de cruel enemigo a personaje anecdótico porque, como cada mañana, vuelvo a sentirme yo: suprema, eterna, invencible, diosa, madre y creadora.
Ahora me atrevo a mirar, descarada, al rayo que continúa, inflexible, sobre mi frente. Ahora le sonrío: al fin y al cabo, sin mi persona, continuaría siendo un simple haz de fotones y no habría testigo alguno ni de su calor ni de su poder.
Ahora acompaño con el ritmo de mis pensamientos al tic-tac acompasado que canturrea desde el reloj: tiempo amigo terrenal, ase fuerte mis manos y acompaña a ésta, tu dueña, en el transitar de su vivencia actual.Ahora ya nada existe ajeno a mí.
Ahora, amaneciendo juntos, ambos sabemos que SOMOS.
Ahora ya no existo ajena a nada.
Ahora, con la simplicidad de un suspiro, he recordado que Soy."
Quiero que sean tus ojos verdes los que me guíen más allá de esta vida.
Quiero que sea tu elegante mano la que apriete la mía cuando llegue el momento de mi partida.
Quiero que sea tu voz la última melodía que lleve conmigo cuando el viaje sea irremediable.
Quiero que sea tu olor quien me abrace y me acompañe cuando, más allá del arcoiris, me siente a esperarte, a los pies de nuestro frondoso Sabius, rodeada de todos nuestros bichos amados.
Hay veces en que, en vez de acertar, erramos el tiro.
Hay días en que, en vez de brillar, nos apagamos.
Hay momentos en que, en vez de sonreir, lloramos.
Hay noches en que, en vez de abrazar, pinchamos.
Hay situaciones en las que, en vez de hacer felices, dañamos...Y entonces, al menos yo, siento que el universo reposa sobre mi espalda, empeñado en empequeñecerme y hundirme, en vez de mostrarme lo grande que soy al existir para que mis ojos lo descubran.
Anteayer estuve preparando un viaje sorpresa para alguien cuyo cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Quería que volviese a su hogar paterno por unos días y disfrutase, así, de los suyos a los que hace muchos meses que no ve. Además, de esta forma podría idear yo un mayor número de sorpresas para cuando estuviese de vuelta, puesto que septiembre es un mes lleno de celebraciones para mí. Para más inri, el viaje coincidía con el cumpleaños de una de las personas más importantes de su vida.
Estuve a punto de comprar los billetes. Pero esa brujilla que vive en mí y que cuida tan bien de mi desarrollado sexto sentido, encendió mi bombilla interna de "¡ojito, díselo antes de gastarte los dineros!". Así que, aprovechando un tranquilo paseo nocturno por el parque, inocente y emocionada le comenté: ¿y qué te parecería tener que hacer una maleta la próxima semana?...La mirada que se reflejó en su rostro era la que mi brujilla interna se temía y yo no pensé que vería.
Sólo intentaba crear sonrisas y regalar alegría, abrazos, reencuentros, charlas y besos a quienes quiero y, sin embargo, lo único que logré fue enojar a alguien, romperle las ilusiones a otra persona y sentirme incomprendida, despreciada y sola.
Tal vez todo se deba a mi eterno afán de hacer felices.
Acaso he de aprender de una vez que jamás se conoce del todo a una persona y que por mucho que a mí me apasione algo, el otro puede preferir otras opciones diferentes.
Puede que no tenga que ocuparme tanto de los demás, ni de que se sientan mejor y mejores.
Quizá yo fuera más feliz olvidándome, a ratos, de todos y volcándome exclusivamente en mi misma...O no. Porque si así fuese, yo no sería yo y me gusta ser quien soy.
Anteayer ideé amorosos sueños que se rompieron en una noche casi insomne sin cenar y en un despertar triste, agotador, lloroso, solitario e incomprensible.
Hay veces en que las lecciones vitales dan con nosotros antes de que sospechemos, si quiera, que nos pisan los talones.
Hay días en que me miro al espejo y no veo a nadie en él.
Hay momentos en que, mi leal y perenne amiga soledad casi me ahoga de tanto abrazarme.
Hay noches en que desearía recordar los motivos por los que, siempre, cometo el mismo error. El de pensar que los demás han de necesitar, sentir y desear lo mismo que yo necesito, siento y deseo.
Hoy hace un año que una temprana e inesperada llamada telefónica me asestó un imprevisto hachazo de dolor.
Hoy hace un año que lloré a borbotones, deshaciéndome en nostalgias y pesar.
Hoy hace un año que corrí hasta un aeropuerto, tomé el primer avión y, viviendo el vuelo más triste de toda mi vida, viajé hasta poder acompañar a tus mortales restos.
Hoy hace un año que, junto a ti, se fueron el bebé curioso, la niña gordita, la adolescente rebelde y la joven soñadora, que tanto amaste y alentaste a ser.
Hoy hace un año que te fuiste sin avisarnos, cuando una mañana de verano tu alma se escapó de entre las blancas sábanas.
Hoy hace un año que no te oigo.
Hoy hace un año que no te huelo.
Hoy hace un año que no voy a tu encuentro.
Hoy hace un año que aún me despierto con la sorpresa de que ya no estás aquí.
Hoy hace un año que ninguno de nosotros se acostumbra a tu ausencia.
Y sin embargo...
Hoy hace un año que te siento pegada a mi persona cuando la pesadumbre se sienta a mi vera.
Hoy hace un año que corro hasta ti, siempre que el temor y la desazón intentan acorralarme.
Hoy hace un año que escucho tu voz por debajo de la mía cuando "dormida en el bosque, contigo soñaba".
Hoy hace un año que soy mejor, gracias a ti.
Hoy hace un año que, de tu invisible mano, vago contigo.
Hoy hace un año que vives, ya para siempre, conmigo porque...
Contigo aprendí a cocinar tan ricos platos. Los mismos que tu cocinaste tantas veces. Los mismos que hacen relamerse a los que los saborean y les provocan deseos de querer repetirlos lo antes posible...
Contigo supe que no siempre podía tenerlo todo para, así, descubrir lo feliz que soy poseyendo sólo una determinada parte...
Contigo disfruté de paseos adornados con altos tacones, de estancias en tu pasado que, luego, se ha convertido también en el mío, de salidas urbanas y diurnas a mil y un lugares que, ahora, atesoro en el mejor baúl de mi recuerdo...
Contigo encontraba la seguridad absoluta y todopoderosa, que tu sola presencia me ofrecía, cuando huía de mi dormitorio, por culpa de los extraños ruidos nocturnos y de las presencias que los acompañaban.
Contigo conocí la ronda robada, los "productos congelados", las granizadas de Echeto, las fajas pantalón, el Centro Democrático y Social (CDS), las siete novias para siete hermanos, el chocolate "La Candelaria", el jabón "Heno de Pravia", la laca, los dientes postizos, el aroma del café por la mañana, los paños de cocina, las mentiras piadosas, las tisanas nocturnas, los mejores cuidados, la crema Nivea, las tonadas de siempre y que más nadie conoce...
Contigo de la mano acudía a mis incontables citas al analista. Tras las que, siempre, me llevabas a Orche para gozar, juntas, de un suculento desayuno a base de jugo de naranja, sandwich mixto y croissant.
Contigo comencé a valorarme, a aceptarme, a respetarme, a, incluso, amarme cuando me repetías eso de: "no llores mi niña, que tú vales más que Santa Cruz entero".
Contigo hallé el refugio del entregado amor eterno, desprendido e incondicional,cuando me hiciste las veces de padre y madre, al no poder ellos, y no guardar ni un sólo recuerdo consciente de su ausencia, durante aquellos meses de dolorosa separación.
Contigo descubrí el valor del respeto, la importancia de la buena educación, la necesidad de ocupar el lugar adecuado sin dejar de ser yo misma, sin permitir que otros me pisen, defendiendo siempre mis ideas, creencias y sentimientos.
Contigo compartí almuerzos en restaurantes urbanos, gocé de inolvidables meriendas en casa de tía Pepita, viví mágicas cenas de Nochebuena, pantagruélicas comidas navideñas y frugales desayunos diarios.
Contigo entendí que lo realmente importante no es lo que nos obcecamos en recordar, sino lo que vuelve a nuestra mente, de forma nítida e inolvidable, sin que nosotros busquemos su regreso.
Contigo tuve el ejemplo de que el AMOR de pareja, el de VERDAD, va más allá de tiempos y muerte, de espacios y silencios, de tentaciones y soledades.
Contigo me reí a carcajadas de escándalo, lloré océanos de tristeza y descargué truenos de furia.
Contigo constaté que yo era una privilegiada por disponer de dos madres que, tan bien, velaron por mí en cada instante de sus vidas y de la mía.
Contigo visité Sevilla, Roma, París, Londres, Llerena, Orense, Madrid, Barcelona, Florencia, Gran Canaria, La Coruña, Toledo, Milán, Lanzarote, Lisboa, Venecia, Ávila, Livorno, Fátima y tantos otros lugares que, ya, para siempre, serán tuyos y míos.
Contigo fui testigo del ocaso físico y mental de una mujer hasta entonces guapa, independiente, autosuficiente, valerosa y diligente. Y fuiste tú quien me demostró que no morimos cuándo, dónde ni como imaginamos que moriremos.
Contigo no me quedó más remedio que aprender la lección de que la mayor muestra de AMOR radica en pensar en la felicidad del otro antes que en la propia y en separarte del ser amado, por sacrificado que ello sea, con tal de que viva seguro, cuidado y con la mejor calidad de vida que se pueda.
Contigo sentí seguridad y fortaleza, amor y ternura, exigencia y cuidado, atención y valor, esfuerzo y tesón, discreción y carácter, sonrisas y lágrimas.
Contigo llevé a cabo mis primeras entrevistas a la corta edad de 7 u 8 años, gracias a aquel vetusto radio-cassette con micrófono externo, a tu paciencia y simpatía y a mi eterna tozudez.
Contigo asistí a centenares de funciones de guiñol en las que el apuesto y galante Gorgorito volvía a vencer a la malvada y ruín bruja Ciriaca, logrando una vez más -armado con su fiel estaca de madera-, el amor de la bella y noble princesa Rosalinda.
Contigo, siempre contigo. Eternamente contigo. Juntas hasta más allá del infinito.
Domingo por la tarde. Son casi las ocho y el día comienza a caer. Empiezo a escribirte desconociendo cómo ni cuándo terminaré. Girando el cuello hacia la izquierda, dejo que mis ojos se pierdan entre el verdor de la plaza. Varias personas pasean por ella. Una chica le lanza a su pastor alemán lo que, desde aquí, parece un palo. El perro, enloquecido, corre a buscarlo una y otra vez. Yo vago, sin embargo, entre el recuerdo alegre de hace sólo siete días, cuando celebrábamos la inauguración de nuestro nuevo estadio y el presente desgarrador actual, empeñado en abofetearme, una y otra vez, con la tristeza de tu ausencia.
Todo parece seguir igual. Una bicicleta alquilada vuelve a reposar, anclada al poste frente a la biblioteca. La piscina se adivina vacía porque sus aguas se mantienen en calma. Una paloma remonta el vuelo frente a los pies cansados de una pareja de ancianos. Sólo mi bandera perica, con un negro crespón en el centro, parece gritarle a la sierra que algo ha cambiado. Mecida por un más que fresco viento anunciador de tormentas, intenta llamar la atención de los viandantes. Viandantes que, enfrascados en sus prisas, sus problemas y sus propios yos, no reparan en elevar su mentón hasta llegar a alcanzarla con sus miradas.
Lunes al mediodía.La plaza sigue siendo transitada por ciudadanos sin nombre. Ahora mismo, en la preciosa Toscana, un forense examina tu cuerpo mortal. Mientras, en tu casa de Castelldefels los tuyos, destrozados por tu marcha, intentan aferrarse a la idea de que todo lo vivido no es más que una horripilante pesadilla de la que despertarán de pronto, cuando aparezcas, sonriente, como siempre, abriendo la puerta del hogar. Pero eso no sucederá.
El canturreo de mis periquitos, Fito y Coji, vuelve a trasladarme hasta esa sensación de que todo continúa igual. Es raro. Todos nos iremos algún día, igual que todos llegamos aquí en un determinado momento y, sin embargo, todo permanece inalterable. Los toldos verdes prosiguen con su leve ondear bajo los castigadores rayos solares de un tórrido agosto. Las torres eléctricas interrumpen el sensual dibujo de la montaña, como siempre hacen. El ruido molesto de los motores logra alzarse, infatigable, hasta mi alta ventana, como cada día. El cambio no existe y sin embargo, tú ya no estás.
Tú ya no estarás recogiéndote el pelo, frente a la puerta contraria, a la espera de que Luis centre desde la esquina el mejor de los balones. Ya no estarás para gastarle a Coro las bromas que siempre os hacíais. Ya no estarás arrasando al futbolín junto a Iniesta, tu rival en colores y, sin embargo, tan grande amigo tuyo. Ya no podrás ruborizarte más ante la pregunta indiscreta del periodista de turno. Tú ya no romperás el juego atacante al robarle el balón al mejor delantero centro del mundo.
Lunes noche, casi madrugada del martes. Parece que mañana podremos, por fin, rendirte el tributo que te mereces. Dentro de unas horas me acercaré hasta nuestro estadio donde mi espíritu te despedirá y acompañará, entristecido, a tu desconsolada familia, a tus apenados amigos y al resto del equipo que ahora anda perdido. Somos pollos a quienes nos han arrancado la cabeza de cuajo y continuamos caminando pero ya sin saber a dónde.
La luces de las casas se asemejan a llamas de votivas velas. Iluminan la oscuridad reinante, aquí y allá, transformadas en versos de una silente letanía que repite tu nombre una y otra vez. El ciprés de la plaza, tan solitario como ya es habitual en él, permanece impertérrito, sin mover ni la más mínima rama. Las aspas del ventilador rotan a mi espalda, como siempre. Todo sigue igual. La noche avanza. Los sueños regresan. Las sábanas se desperezan antes de acoger a la marea de cuerpos que comienzan a acecharlas. En la tele, a mi derecha, en una película que no me importa, en un canal que ni sé cuál es, el llanto de un bebé recién nacido reclama mi atención. Nuevas vidas se abren paso. Otros, seguís viajes. La rueda existencial no cesa de girar en esta eternidad que nos observa, nos crea, nos da vidas y nos mata. Sí, todo sigue igual, pero tú ya no estarás.