La Coctelera

Categoría: Mis textos ajenos

MIS TEXTOS AJENOS:

(...)"El doctor Templeton había viajado mucho en sus tiempos juveniles, y en París se convirtió, en gran medida, a las doctrinas de Mesmer. Por medio de curas magnéticas había logrado aliviar los agudos dolores de su paciente, que, movido por este éxito, sentía cierto grado natural de confianza en las opiniones en las cuales se fundaba el tratamiento. El doctor, sin embargo, como todos los fanáticos, había luchado encarnizadamente por convertir a su discípulo, y al fin consiguió inducirlo a que se sometiera a numerosos experimentos. Con la frecuente repetición de éstos logró un resultado que en los últimos tiempos se ha vulgarizado hasta el punto de llamar poco o nada la atención, pero que en el período al cual me refiero era apenas conocido en América. Quiero decir que entre el doctor Templeton y Bedloe se había establecido poco a poco un rapport muy definido y muy intenso, una relación magnética. No estoy en condiciones de asegurar, sin embargo, que este rapport se extendiera más allá de los límites del simple poder de provocar sueño; pero el poder en sí mismo había alcanzado gran intensidad. El primer intento de producir somnolencia magnética fue un absoluto fracaso para el mesmerista. El quinto o el sexto tuvo un éxito parcial, conseguido después de largo y continuado esfuerzo. Sólo en el duodécimo el triunfo fue completo. Después de éste la voluntad del paciente sucumbió rápidamente a la del médico, de modo que, cuando los conocí, el sueño se producía casi de inmediato por la simple voluntad del operador, aun cuando el enfermo no estuviera enterado de su presencia. Sólo ahora, en el año 1845, cuando se comprueban diariamente miles de milagros similares, me atrevo a referir esta aparente imposibilidad como un hecho tan cierto como probado.

El temperamento de Bedloe era sensitivo, excitable y exaltado en el más alto grado. Su imaginación se mostraba singularmente vigorosa y creadora, y sin duda sacaba fuerzas adicionales del uso habitual de la morfina, que ingería en gran cantidad y sin la cual le hubiera resultado imposible vivir. Era su costumbre tomar una dosis muy grande todas las mañanas inmediatamente después del desayuno, o más bien después de una taza de café cargado, pues no comía nada antes de mediodía, y luego salía, solo o acompañado por un perro, en un largo paseo por la cadena de salvajes y sombrías colinas que se alzan hacia el suroeste de Charlottesville y son honradas con el título de Montañas Escabrosas.

Un día oscuro, caliente, neblinoso de fines de noviembre, durante el extraño interregno de las estaciones que en Norteamérica se llama verano indio, Mr. Bedloe partió, como de costumbre, hacia las colinas. Transcurrió el día, y no volvió.

A eso de las ocho de la noche, ya seriamente alarmados por su prolongada ausencia, estábamos a punto de salir en su busca, cuando apareció de improviso, en un estado no peor que el habitual, pero más exaltado que de costumbre. Su relato de la expedición y de los acontecimientos que lo habían detenido fue en verdad singular.

«-Recordarán ustedes -dijo- que eran alrededor de las nueve de la mañana cuando salí de Charlottesville. De inmediato dirigí mis pasos hacia las montañas y, a eso de las diez, entré en una garganta completamente nueva para mí. Seguí los recodos de este paso con gran interés. El paisaje que se veía por doquiera, aunque apenas digno de ser llamado imponente, presentaba un indescriptible y para mí delicioso aspecto de lúgubre desolación. La soledad parecía absolutamente virgen. No pude menos de pensar que aquel verde césped y aquellas rocas grises nunca habían sido holladas hasta entonces por pies humanos. Tan absoluto era su apartamiento y en realidad tan inaccesible -salvo por una serie de accidentes- la entrada del barranco, que no es nada imposible que yo haya sido el primer aventurero, el primerísimo y único aventurero que penetró en sus reconditeces.

 

»La espesa y peculiar niebla o humo que caracteriza al verano indio y que ahora flota, pesada, sobre todos los objetos, servía sin duda para ahondar la vaga impresión que esos objetos creaban. Tan densa era esta agradable bruma, que en ningún momento pude ver a más de doce yardas en el sendero que tenía delante. Este sendero era sumamente sinuoso y, como no se podía ver el sol, pronto perdí toda idea de la dirección en que andaba. Entre tanto la morfina obró su efecto acostumbrado: el de dotar a todo el mundo exterior de intenso interés. En el temblor de una hoja, en el matiz de una brizna de hierba, en la forma de un trébol, en el zumbido de una abeja, en el brillo de una gota de rocío, en el soplo del viento, en los suaves olores que salían del bosque había todo un universo de sugestión, una alegre y abigarrada serie de ideas fragmentarias desordenadas.

»Absorto, caminé durante varias horas, durante las cuales la niebla se espesó a mi alrededor hasta tal punto que al fin me vi obligado a buscar a tientas el camino. Y entonces una indescriptible inquietud se adueñó de mí, una especie de vacilación nerviosa, de temblor. Temí caminar, no fuera a precipitarme en algún abismo.

Recordaba, además, extrañas historias sobre esas Montañas Escabrosas, sobre una raza extraña y fiera de hombres que ocupaban sus bosquecillos y sus cavernas. Mil fantasías vagas me oprimieron y desconcertaron, fantasías más afligentes por ser vagas. De improviso detuvo mi atención el fuerte redoble de un tambor."(...)

(Texto perteneciente a "Un cuento de las Montañas Escabrosas", obra de Edgar Allan Poe)

 

MIS TEXTOS AJENOS:

(...)"Llevaba ya mucho tiempo en camino, sin lograr dar con el castillo, cuando se encontró extraviado en un inmenso bosque. De pronto descubrió a lo lejos dos gigantes que le hacían señas con la mano, y cuando se hubo acercado, le dijeron:

- Estamos disputando acerca de quién de los dos ha de quedarse con este sombrero, y, puesto que somos igual de fuertes, ninguno puede vencer al otro. Como vosotros, los hombrecillos, sois más listos que nosotros, hemos pensado que tú decidas.

- ¿Cómo es posible que os peleéis por un viejo sombrero? -exclamó el joven.

- Es que tú ignoras sus virtudes. Es un sombrero milagroso, pues todo aquel que se lo pone, en un instante será transportado a cualquier lugar que desee.

- Venga el sombrero -dijo el mozo-. Me adelantaré un trecho con él, y, cuando llame, echad a correr; lo daré al primero que me alcance.

Y calándose el sombrero, se alejó. Pero, llena su mente de la princesa, olvidóse en seguida de los gigantes. Suspirando desde el fondo del pecho, exclamó:

- ¡Ah, si pudiese encontrarme en el castillo del Sol de Oro! -y, no bien habían salido estas palabras de sus labios, hallóse en la cima de una alta montaña, ante la puerta del alcázar.

Entró y recorrió todos los salones, encontrando a la princesa en el último. Pero, ¡qué susto se llevó al verla!. Tenía la cara de color ceniciento, lleno de arrugas; los ojos, turbios, y el cabello, rojo.

- ¿Vos sois la princesa cuya belleza ensalza el mundo entero?

- ¡Ay! -respondió ella-, ésta que contemplas no es mi figura propia. Los ojos humanos sólo pueden verme en esta horrible apariencia; mas para que sepas cómo soy en realidad, mira en este espejo, que no yerra y refleja mi imagen verdadera.

Y puso en su mano un espejo, en el cual vio el joven la figura de la doncella más hermosa del mundo entero; y de sus ojos fluían amargas lágrimas que rodaban por sus mejillas. Díjole entonces:

- ¿Cómo puedes ser redimida? Yo no retrocedo ante ningún peligro.

- Quien se apodere de la bola de cristal y la presente al brujo, quebrará su poder y me restituirá mi figura original. ¡Ay! -añadió-, muchos han pagado con la vida el intento, y, viéndote tan joven, me duele ver el que te expongas a tan gran peligro por mí.

- Nada me detendrá -replicó él-, pero dime qué debo hacer.

- Vas a saberlo todo -dijo la princesa-: Si desciendes la montaña en cuya cima estamos, encontrarás al pie, junto a una fuente, un salvaje bisonte, con el cual habrás de luchar. Si logras darle muerte, se levantará de él un pájaro de fuego, que lleva en el cuerpo un huevo ardiente, y este huevo tiene por yema una bola de cristal. Pero el pájaro no soltará el huevo a menos de ser forzado a ello, y, si cae al suelo, se encenderá, quemando cuanto haya a su alrededor, disolviéndose él junto con la bola de cristal, y entonces todas tus fatigas habrán sido inútiles."(...)

(Texto extraído del cuento "La bola de cristal" de los Hermanos Grimm)

MIS TEXTOS AJENOS:

 

(...)"Oh mar, así te llamas,
oh camarada océano,
no pierdas tiempo y agua,
no te sacudas tanto,
ayúdanos,
somos los pequeñitos
pescadores,
los hombres de la orilla,
tenemos frío y hambre
eres nuestro enemigo,
no golpees tan fuerte,
no grites de ese modo,
abre tu caja verde
y déjanos a todos
en las manos
tu regalo de plata:
el pez de cada día.

 

Aquí en cada casa
lo queremos
y aunque sea de plata,
de cristal o de luna,
nació para las pobres
cocinas de la tierra.
No lo guardes,
avaro,
corriendo frío como
relámpago mojado
debajo de tus olas.
Ven, ahora,
ábrete
y déjalo
cerca de nuestras manos,
ayúdanos, océano,
padre verde y profundo,
a terminar un día
la pobreza terrestre.
Déjanos
cosechar la infinita
plantación de tus vidas,
tus trigos y tus uvas,
tus bueyes, tus metales,
el esplendor mojado
y el fruto sumergido.

 

 

Padre mar, ya sabemos
cómo te llamas, todas
las gaviotas reparten
tu nombre en las arenas:
ahora, pórtate bien,
no sacudas tus crines,
no amenaces a nadie,
no rompas contra el cielo
tu bella dentadura,
déjate por un rato
de gloriosas historias,
danos a cada hombre,
a cada
mujer y a cada niño,
un pez grande o pequeño
cada día."(...)

 

 

(Texto extraído de la "Oda al mar" de Pablo Neruda)

MIS TEXTOS AJENOS:

(...)"Hay que señalar que, en comparación con la posición platónica, la comprensión cristiana del alma y de su inmortalidad se basa en el acto creador de Dios: el alma no es una divinidad en miniatura, pues su inmortalidad obedece al don que Dios ha otorgado cuando lo creó. El hecho de que algunos autores protestantes del siglo xx hayan negado la existencia del alma y su natural inmortalidad es debido en buena parte a la comprensible reacción contra una visión racionalista y autónoma del alma humana, típica del pensamiento Romántico. En particular el teólogo calvinista Karl Barth se opuso abiertamente a los autores que vieron en la afirmación del alma humana, espiritual e inmortal, la base de una ética autónoma y racionalista. Barth critica como racionalista a un autor del siglo XIX, J. A. L. Wegscheider, quien consideró la inmortalidad del alma simplemente como la base de la norma ética.

Pero, ¿es posible conocer la existencia del alma y su inmortalidad? ¿Es posible demostrarlas filosóficamente? En buena parte, las dificultades experimentadas por los autores protestantes se mueven en esa dirección: como ya enseñaban los nominalistas y el Cardenal Cayetano, la existencia y espiritualidad del alma son conocidas solamente por medio de la fe cristiana; no son objeto de demostración filosófica. Según Duns Scoto, el filósofo puede demostrar, en el mejor de los casos, que el alma puede no ser mortal. La razón de ello está en la convicción de que el alma no comunica el ser al cuerpo, porque el cuerpo es una realidad autónoma respecto al alma. Ockham explica que los hombres sencillamente imaginamos que el alma, como forma del cuerpo, sea inmortal, mientras si es de verdad la forma del cuerpo, debe ser corruptible. En el mejor de los casos, la espiritualidad e inmortalidad del alma son objeto de fe cristiana.

A lo largo de la historia, se ha tratado la cuestión de la existencia, espiritualidad e inmortalidad del alma humana en dos modos fundamentales.

Primero, se pueden considerar las cuatro razones que convencieron a Platón de la inmortalidad del alma. En primer lugar, dice, lo que llega al ser, tiene origen en su contrario [por ejemplo, lo que es frío se vuelve caliente]. De este modo, según el principio del eterno retorno, la muerte debe ser el inicio de la vida [Fedón, 72b]. Por ello, el alma sobrevive después de la muerte. En segundo lugar, Platón funda su idea sobre la inmortalidad del alma en la teoría del conocimiento. Conocer, para Platón, quiere decir recordar. Antes de nacer, las almas contemplaron el Mundo de las Ideas que llegarían a conocer más tarde [Fedón, 75c]. En el momento actual conocemos conceptos universales como el bien y la belleza, aunque las cosas a las que aplicamos estas categorías son siempre limitadas. Lo cual muestra que el alma pertenece a una realidad diversa del mundo marcado por el devenir y el cambio. Por lo tanto es incorruptible y vive para siempre. En tercer lugar, Platón explica que lo que es igual, bueno, etc. es siempre lo mismo, aunque las cosas concretas cambian [Fedón, 78d]. Ahora bien: hay dos tipos de seres, los invisibles y los visibles. Lo invisible mantiene su propia identidad, mientras que lo visible no. Ya que el alma es semejante a lo invisible, no cambiará, no dejará de existir [Fedón, 79c-d]. En cuarto y último lugar, Platón explica que la función del alma es la de dar vida. Pero la vida por su propia naturaleza no puede convertirse en su contrario, la muerte. El alma por lo tanto dura para siempre [Fedón, 105b; Fedro, 245c, y ss.].

Algunos autores cristianos no estaban del todo convencidos de la validez de las pruebas platónicas, entre otras cosas porque Platón consideraba que el alma era de algún modo divina. Entre ellos Justino, Taciano, Ireneo  y Tertuliano insistían en que el alma es un ser creado, con una existencia recibida de Dios. No por ello negaban la espiritualidad e inmortalidad del alma, creada por Dios.

Tomás de Aquino, entresacando elementos importantes del pensamiento de Platón y Aristóteles, ofrece tres razones principales para la inmortalidad, o mejor, la incorruptibilidad, del alma humana.

Primero, el alma se dice incorruptible porque es capaz de conocer todas las cosas materiales. Por lo tanto, debe ser inmaterial, es decir, espiritual. Si no lo fuese, sería incapaz de conocer algunas cosas materiales. Y ya que el alma es espiritual, no puede descomponerse, es incorruptible. En segundo lugar, el Aquinate explica que la corrupción y la descomposición son el resultado de condiciones contrarias. Sin embargo, el pensamiento humano concibe todas las cosas contrarias juntas, y por lo tanto no puede ser sujeto a su fuerza corruptora. Pero el alma es la sede del pensamiento, y por lo tanto no puede ser corruptible. Tercera y última razón, Sto Tomás observa que todos los hombres desean vivir para siempre, ser inmortales. Pero este deseo sería en vano si el alma fuese corruptible. Este argumento carece de rigor en el sentido de que se mueve desde el ámbito subjetivo al ámbito objetivo. Pero Tomás acepta su validez porque refleja la experiencia humana universal.

Las "demostraciones" de la incorruptibilidad del alma apenas presentadas, aunque no definitivas, pueden considerarse consistentes y coherentes. Hacen ver que la comprensión de la inmortalidad individual, radicada en la del alma humana, sea razonable y aceptable. Ya lo decía Platón: «vale la pena arriesgarse en creer en la inmortalidad del alma. Con todo, es un riesgo hermoso» [Fedón, 63a]."(...)

 

( Texto extraído del libro "La muerte y la inmortalidad", obra de Paul O'Callaghan )

MIS TEXTOS AJENOS:

(...)"Con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacía de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;

todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...:
si hay una alma sincera, ésa es la mía.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.


Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.

¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.

Perla de ensueño y música amorosa hipsipila
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo."(...)

 

(Texto perteneciente a uno de los poemas incluídos en la obra "Cantos de Vida y Esperanza" del poeta y escritor Rubén Darío)

MIS TEXTOS AJENOS:

"(...)-Y usted, señora, ¿qué estudios tiene?
-Soy licenciada en Ciencias Químicas.
-¿Se dedica usted a la investigación?
-Usted lo ha dicho, doctor. Pero no a la investigación científica, sino a otra muy distinta: soy detective diplomado.
-¡Ah! -exclamó con simulada sorpresa el médico-. ¡Qué profesión más fascinante!
Pero lo que verdaderamente pensaba es que no había tardado mucho la señora de Almenara en declarar uno de sus delirios: creerse lo que no era. Pretendió ahondar algo en este tema.
-Realmente fascinante... -insistió el doctor.
-En efecto: lo es -confirmó Alice Gould con energía y complacencia.
-Dígame algo de su profesión.
-¡Ah, doctor! Su pregunta es tan amplia como si yo le pidiera que me hablara usted de la Medicina...
-Reláteme alguna experiencia suya en el campo de la investigación privada. Seguramente serán muchas y del máximo interés.
-Cierto, doctor. Son muchas e interesantísimas. Pero todas están incursas en el secreto profesional.
-¿Conoce su marido el despacho donde usted trabaja?
-No.
-¡Es asombroso!
Alice Gould le miró dulcemente a los ojos.
-¿Puedo hacerle una pregunta, doctor?
-¡Hágala!
-¿Conoce su señora este despacho?
El médico se esforzó en no perder su compostura.
-Ciertamente, no.
-¡Es asombroso! -concluyó Alice Gould, sin extremar demasiado
su acento triunfal.
-Este lugar -comentó el doctor Ruipérez- ha de estar obligadamente rodeado de discreción. El respeto que debemos a los pacientes... La detective no le dejó concluir.
-No se esfuerce, doctor. También yo he de estar rodeada de discreción por el respeto que debo a mis clientes. Nuestras actividades se parecen en esto y en estar amparadas las dos por el secreto profesional.
-Bien, señora. Quedamos en qué su marido no conoce su despacho. Pero ¿sabe, al menos, a qué se dedica usted?
-No. No lo sabe.
-¿Usted se lo ha ocultado?
-De ningún modo. El no lo sabe porque se empeña en no saberlo. Por ésta y otras razones, creo sinceramente que es un débil mental.
-Muy interesante, muy interesante...(..)"

(Texto extraído de "Los renglones torcidos de Dios", obra de Torcuato Luca de Tena)

MIS ARTÍCULOS AJENOS: "Maratón masturbatoria"

 

Hoy traigo hasta vosotros un artículo que habla por sí mismo.

Lo publicó hace ya unos cuantos días, Josep Tomás, en su blog que lleva por título:

Blog Blog Cama redonda, por Josep Tomás Torres

A veces sigo sus artículos y, cuando menos, sonrío al leerlos. Muchas otras veces lo cierto es que me parto de risa con él y con las noticias que suele brindarnos.

Sí, como ya debes haber adivinado, esto hoy va de sexo y, además, de récords y certámenes internacionales masturbatorios. ¿Quieres saber más? Pues ya sabes, únete a esta cama redonda y, como diría el gomero del chiste: ¡¡¡organícense!!!

Maratón masturbatoria

En sus marcas, listos... ¡ya!

En sus marcas, listos... ¡ya!

25 de mayo de 2009.- Termina el mes de mayo, el mes de la masturbación para los responsables del Centro para el Sexo y la Cultura, una entidad sin ánimo de lucro norteamericana dedicada a la promoción y la investigación de la sexualidad humana.

Estados Unidos es lo que tiene. Lo mismo te encuentras con estados en los que es ilegal la felación incluso dentro del matrimonio (una ley ideal de la muerte para sacarle unos dólares al ex en un proceso de divorcio) como con asociaciones como la ya mencionada, organizadora del 'Masturbate-a-thon' (sí, una maratón masturbatoria). Dicho evento, que se celebra anualmente el 2 de mayo (este año en San Francisco), consiste en lo que su propio nombre indica: hombres y mujeres acuden al acto dispuestos a masturbarse, previo pago de una donación. Los que quieren ir a mirar, también pagan.

Esta curiosa olimpiada onanista nació con la intención de acabar con el tabú de la masturbación, una práctica sexual considerada por muchos como de segundo orden o propia de personas inmaduras. La artífice de la idea, la sexóloga norteamericana Carol Queen, decidió organizar un acto tan peculiar como protesta cuando la responsable de Salud de la administración de Clinton (la doctora Joycelyn Elders) fue despedida en 1995 al afirmar que "la masturbación posiblemente debería ser enseñada".

Masanobu Sato: recordman mundial.

Masanobu Sato: recordman mundial.

Desde entonces, el 'Masturbate-a-thon' ha ido creciendo en número de participantes, llegándose a celebrar en ciudades fuera de Estados Unidos, como Londres o Copenhague. Para darle más emoción a la convocatoria, el evento incluye diversas categorías con el fin de batir récords a nivel mundial: mayor longitud de eyaculación (masculina o femenina), mayor tiempo de masturbación o mayor cantidad de orgasmos.

Desde hace dos años, el campeón indiscutible en la modalidad de resistencia es el japonés Masanobu Sato: 9 horas y 58 minutos dándole a la zambomba. Hay que decir, que el señor Sato juega con indiscutible ventaja. Al fin y al cabo, es socio de una fábrica japonesa de juguetes sexuales: la cada vez más popular 'Tenga', creadora de unos revolucionarios dispositivos masturbadores para hombre (de usar y tirar) que, tras conquistar el mercado nipón, está implantándose en el mundo entero. No en vano a estos masturbadores se les llama también 'unidades de entrenamiento' y consiguen que su usuario, a fuerza de practicar, consiga mejorar sus prestaciones sexuales en la lucha contra el cronómetro. Claro, luego va Masanobu a las olimpiadas y barre a sus rivales...

Póngame media docena.

Póngame media docena.

Lo de estos artilugios es algo que no se puede describir. En Japón los venden en las gasolineras (no sé yo si para ayudar a los sufridos conductores a capear con alegría los atascos y la congestión circulatoria de Tokio, Osaka o Kobe). Aquí se venden en tiendas eróticas, sex-shops y otros establecimientos del ramo. La última novedad de 'Tenga' consiste en estos simpáticos huevos que recuerdan poderosamente a la golosina de chocolate con juguete dentro, tan efectiva para ganarse la simpatía y el aprecio de un sobrino, por poner un ejemplo.

En este caso, el obsequio interior consiste en una funda de elastómero, un material extremadamente suave, húmedo y elástico. Los huevos son de tres colores: verdes (con nódulos y protuberancias interiores para una fricción más intensa), morados (con un interior más viscoso) y azules (con estrías onduladas para una fricción más suave). Ah, y en el interior de cada uno hay un sobrecito de lubricante. Su precio no supera los 10 € y son de usar y tirar.

MIS TEXTOS AJENOS:

(...) "Hay cosas de las que nunca me ha gustado hablar. Cuando entré en la cárcel comprendí al cabo de algunos días que no me gustaría hablar de esta parte de mi vida.

Más tarde dejé de dar importancia a estas repugnancias. En realidad, yo no estaba realmente en la cárcel los primeros días; esperaba vagamente algún nuevo acontecimiento. Todo comenzó después de la primera y única visita de María. Desde el día en que recibí su carta (me decía que no le permitían venir más porque no era mi mujer), desde ese día sentí que la celda era mi casa y que mi vida se detenía allí. El día de mi arresto me encerraron al principio en una habitación donde había varios detenidos, la mayor parte árabes. Al verme, se rieron. Luego me preguntaron qué había hecho. Dije que había matado a un árabe y quedaron silenciosos. Pero un momento después cayó la noche. Me explicaron cómo había que arreglar la estera en la que debía de acostarme. Arrollando uno de los extremos podía hacerse una almohada. Toda la noche me corrieron las chinches en la cara. Algunos días después me aislaron en una celda en la que dormía sobre una tabla de madera. Tenía una cubeta para las necesidades y una jofaina de hierro. La cárcel se hallaba en lo alto de la ciudad y por la pequeña ventana podía ver el mar. Un día en que estaba aferrado a los barrotes con el rostro extendido hacia la luz, entro un guardián y me dijo que tenía una visita. Se me ocurrió que sería María. Y era ella.

Para ir al locutorio seguí por un largo pasillo, luego una escalera y, para terminar otro pasillo. Entré en una gran habitación iluminada por una amplia abertura. La sala estaba dividida en tres partes por dos altas rejas que la cortaban a lo largo. Entre las dos rejas había un espacio de ocho a diez metros que separaba a los visitantes de los presos. Vi a María enfrente de mí, con el vestido a rayas y el rostro tostado. De mi lado había una decena de detenidos, árabes la mayor parte. María estaba rodeada de moras y se encontraba entre dos visitantes, una viejecita de labios apretados, vestida de negro, y una mujer gorda, en cabeza, que hablaba muy alto y gesticulaba. Debido a la distancia que había entre las rejas, los visitantes y los presos se veían obligados a hablar muy alto. Cuando entré, el ruido de las voces que rebotaba contra las grandes paredes desnudas de la sala, y la cruda luz que bajaba desde el cielo sobre los vidrios y brotaba en la sala, me causaron una especie de aturdimiento. Mi celda era más tranquila y más oscura. Necesité algunos segundos para adaptarme. Sin embargo, concluí por ver cada rostro con nitidez, destacado a plena luz. Observé que un guardián estaba sentado en el extremo del pasillo entre las dos rejas. La mayor parte de los presos árabes, así como sus familias, estaban en cuclillas frente a frente. Pero no gritaban. A pesar del tumulto lograban entenderse hablando muy bajo. El murmullo sordo, surgido desde abajo, formaba un bajo continuo a las conversaciones que se entrecruzaban por sobre las cabezas. Observé todo rápidamente y avancé hacia María. Pegada ya a la reja me sonreía con toda el alma. La encontré muy bella, pero no supe decírselo.

«¿Qué tal?», me dijo muy alto. «¿Qué tal?, ya lo ves.» «¿Estás bien? ¿Tienes todo lo que precisas?» «Sí, todo.»

Nos callamos y María seguía sonriendo. La mujer gorda aullaba a mi vecino, sin duda el mando, un sujeto alto, rubio, de mirada franca. Era la continuación de una conversación ya comenzada.

«Juana no quiso tomarlo», gritaba a voz en cuello. «Sí, sí», decía el hombre. «Le dije que al salir volverías a llevártelo pero no quiso tomarlo.»

María me gritó por su parte que Raimundo me mandaba saludos. Dije: «Gracias» pero mi voz quedó tapada por el vecino que pregunto «si estaba bien». Su mujer rió y dijo «que nunca se había sentido mejor» El vecino de la izquierda, un jovenzuelo de manos finas. no decía nada. Noté que estaba frente a la viejecita y que ambos se miraban con intensidad. Pero no tuve tiempo de observarlos más porque María me gritó que era necesario tener esperanzas. Dije: «Sí.» Al mismo tiempo la miraba y tenía deseos de oprimirle el hombro por encima del vestido. Tenía deseos de tocar la tela fina, pues no sabia qué otra cosa podía esperar. Pero sin duda era lo que María quería decir porque seguía sonriendo. Yo no veía más que el brillo de sus dientes y los pequeños pliegues de sus ojos. Gritó de nuevo: «¡Saldrás y nos casaremos!» Respondí: «¿Lo crees?» pero lo dije sobre todo por decir algo. Dijo entonces rápidamente y siempre muy alto que sí, que saldría libre y que volveríamos a bañarnos. Pero la otra mujer aullaba por su lado y decía que había dejado un canasto en la portería. Enumeraba todo lo que había puesto en él. Habría que verificarlo pues todo costaba caro.

El otro vecino y su madre seguían mirándose. El murmullo de los árabes continuaba por debajo de nosotros. Afuera, la luz pareció hincharse contra la ventana. Se derramó sobre todos los rostros como un jugo fresco." (...)

( Texto perteneciente a "El Extranjero" de Albert Camus)