La Coctelera

Categoría: Los Cuentos del Hada

LOS CUENTOS DEL HADA:

EL HADA Y EL FARO

El hada recordaba al faro. Ese faro tan anciano y tan niño, triste y jovial, respetable e intrépido. Aquel faro que permanecía erguido, frente a las olas, a pesar del transcurrir de los tiempos.

Si cerraba sus enormes y acaramelados ojos volvía a dejarse mecer por aquella refrescante brisa de verano: creación de silfos para el disfrute de mortales, aves y cangrejos.

Bajo sus pequeños, anchos y feos pies, allá, a lo lejos, de nuevo, la oscura arena, la espuma blanca y la vacía quietud de la cantarina caracola reinaban sobre las voces de hombres y mujeres, ávidos de hasta el más leve de los rayos solares.

La playa bullía de gentes sin historias, de cuerpos con almas dormidas y de niños con mentes despiertas. El ruido que producían era tan ensordecedor que, incluso, molestaba a las sordas lapas de las rocas. Sin embargo, allí arriba, sentada sobre el ojo durmiente del vigilante de piedra, se confundía con el romper de las olas y llegaba a asemejarse, siquiera por un instante, con el hipnótico canto de sus amigas nereidas.

Entonces respiraba muy hondo y, como si el reloj de las estaciones hubiese cesado su continuo caminar, se topaba, una vez más, con "los soñadores del mar". Ella les había bautizado de esa forma cuando, al escuchar los relatos de su abuela, ésta siempre terminaba por recurrir a las historias de los hombres que se creían peces. Sólo bajo el embrujo de esos extraños seres lograba que se durmiera quieta, serena, entre la magia de sus acogedores y robustos brazos.

Externamente parecían otros hombres cualquiera: una cabeza, dos manos, un par de piernas, dos líneas de dientes...Pero bajo esa apariencia, en realidad, se escondían simpáticas fulas, enigmáticos caballitos de mar, preciosas gorgonias y llamativos corales.

Cada día, sin llamar la atención, se dedicaban a sus quehaceres aburridos y rutinarios. Cada noche, al acostarse, regresaban, oníricamente, a ocupar el lecho de algas que tanto ansiaban y al que, sin duda,pertenecían.

Siempre aparecían de improviso y, al instante, se destacaban de entre los demás usuarios de la playa. Desde bien lejos se podía escuchar su maravilloso silencio al ir avanzando sobre la arena,
ajenos a todo lo que sucedía alrededor de sus solitarias figuras.

Mientras el resto se intentaba deshacer, rápidamente, de casi todos sus ropajes, ellos, de forma pausada, se vestían con esa
nueva piel de tersa negritud, que les otorgaba la capacidad de volver a sentir cómo la escamas del recuerdo reverdecían por sus adentros. Luego, se montaban en el pequeño bote y huían de
aquella caótica e infernal costa, hasta dar con el lugar exacto donde volver a ser los que siempre han sido.

El hada sonreía al escuchar sus saladas charlas y ser testigo de cómo la ilusión del regreso al hogar perdido se asomaba desde sus nerviosas miradas. Por más que estuviesen acostumbrados a lo que iba a pasar en breves instantes, siempre, la alegría y los nervios
los recorrían por entero.

Colocadas las singulares aletas y dispuesto el nuevo balcón del mar, en forma de gafas, sólo quedaba aferrarse, esperanzados, al equipo indispensable. Equipo gracias al cual podrían llevarse, con ellos, imágenes del universo al que, en el pasado pertenecieron y del que, ahora, sólo podían disfrutar muy de vez en cuando.

Desconocía la causa, pero sus recuerdos siempre se centraban en aquel adolescente de larga melena castaña. Si no te fijabas bien, podías confundirlo con una guapa joven. Sin embargo, su melosa mirada y su increíble sonrisa te arrastraban hacia corrientes y universos marinos sólo dignos del más noble,experimentado y valiente tritón.

Otrora dioses de las aguas, hoy simples mortales, los soñadores del mar, uno a uno, fueron deslizándose entre las olas. Como tan sólo ellos pueden hacer. Como tan sólo ellos saben hacer.

Justo en ese preciso momento, la mente del hada y la del aguerrido tritón salvaban distancias, tiempos y medios y, en un instante infinito, se mecían, unidas, al son del ritmo marcado por el propio océano. ¡Cuántas veces soñó con convertirse en un simple bebé humano capaz de asirse a su mano! Tantas como él deseó disponer de un precioso par de alas capaz de elevarle y llevarle hasta ella.

El viejo faro parpadeó, despertando de su diario descansar y el hada observó que oscurecía. La playa se encontraba desierta y las aguas, quietas y calmas, como el vaso de agua que espera a ser besado.

Abriendo su mirada hacia la realidad que la envolvía, esbozó una sonrisa al descubrir el reflejo de una nube sobre el agua: un bello delfín de ojos ambarinos la espiaba, divertido.
Un escalofrío la estremeció al descubrir el rastro húmedo y salado que su cuerpo había dejado sobre la cristalina membrana del anciano faro. Junto a su sombra de mar había un pequeño tamboril de cristal.

Al girarse, reconoció la ventana que conformaba su hogar y de la que no se había movido desde hacía semanas. Llevando su fea mano derecha hacia el canal de su pecho, acarició al transparente y mágico tamboril que, desde hacía tantos años, pendía de su cuello.

Más allá de los sueños, un joven tritón se abrazaba a un precioso par de rojas y coralinas alas.

LOS CUENTOS DEL HADA:

El ángel del hada

La primera lluvia otoñal despertó al hada que, una vez más, había entornado sus avellanados ojos en un intento de dormir su cuerpo y de despertar su alma mágica.

La temperatura había descendido de forma notable en las últimas horas y, cuando la primera y cristalina gota le salpicó el rostro, tras chocar contra su alféizar, sonrió al escuchar el alegre canturreo que el abeto y las palmeras tarareaban, reconfortados, por el líquido alimento.

Se desperezó y, sin prisa alguna, encogió sus piernas. Las abrazó contra su pecho y, apoyando su redondeado mentón sobre sus fuertes rodillas, se limitó a contemplar tan magno espectáculo.

Las nubes vaciaban sobre la ciudad su mar de algodón licuado. La brisa sopesaba la posibilidad de transformarse en algún bravo viento, creación de silfos juguetones y testarudos. Las calles empezaban a brillar y a reflejar sobre ellas el leve tintineo de las luces artificiales. El Sol, ya a punto de retirarse, se adivinaba más allá de las montañas de la sierra y fue, entonces, cuando le recordó.

Un amoroso suspiro nació en el corazón de la pequeña criatura, ascendió gorgojeante por su grácil garganta y fue parido entre sus carnosos labios: tentadoras escarlatas de silencios y preguntas.

Su mente volvió a volar, empujada por su galopante corazón hasta otros lugares, hasta otros tiempos en que ángeles y hadas convivían sin problema alguno. Juntos, como siempre había sido desde la creación de los seres mágicos, unos y otras establecían lazos de amistad, perdurables y eternos. Incluso llegaba a comentarse que, en alguna que otra ocasión y pese a sus diferentes naturalezas, el amor había sorprendido y despertado a estas almas tan distintas. Cuando hasta sus picudas orejas llegaba alguna de esas legendarias historias narrada como un cuento para dormir a bebés-gnomos, ella no podía evitar esbozar una media sonrisa y evocaba, una vez más, su propia historia...Y una vez más, recordó.

...¡La había leído tanto sin ella saberlo!...

En aquellas épocas antiguas, el hada dedicaba su tiempo a escribir cuentos sobre los hombres que comenzaban a dominar el planeta. Los escribía sin orden ni concierto, cuando los propios cuentos decidían que era el momento idóneo para ser conocidos y la usaban como instrumento de transmisión narrativa. Luego, los copiaba y los distribuía por distintos rincones del bosque: sobre una viva piedra caliza, a los pies del majestuoso pino, tras los pétalos de una preciosa amapola, sobre el paraguas de la arrogante seta o, simplemente, sobre la desnuda y húmeda tierra, madre de todo lo existente e hija de todos los que existen.

Desconocía quiénes los leerían, pero sabía que lo hacían porque, alguna que otra vez, le llegaba el eco de las narraciones, variadas en sus formas, pero con idéntico fondo, al ser transmitidas de manera oral. Y cuando eso ocurría se sentía feliz ya no por ella, sino por la propia historia en sí misma, que tanto había luchado por darse a conocer y que, siempre dudaba si sería capaz de hacerse conocida.

Una tarde, cuando descansaba sobre el lecho de musgo y líquenes de la rama del sauce llorón, un gorrión se posó, de improviso, a su derecha. Depositó, frente a ella, un trozo de quemado carbón y, sin decir ni pío, desapareció de su lado. Curiosa donde las haya, el hada se acercó hasta el oscuro regalo y, atónita, contempló que llevaba un mensaje grabado: "¡me gustaría tanto ser tu amigo!".

Esa simple frase le hizo abrir aún más sus ya enormes ojos y no puedo evitar echarse a reir.

-¿Quién eres?, -preguntó en voz alta.

Pero nadie contestó. Los sonidos que llegaban hasta ella eran los propios ruidos de un bosque lleno de vida y, algo desilusionada, volvió a sentarse.

Mientras su mente no cesaba de preguntarse quién se escondería tras ese trozo de negro carbón, el sopor volvió a envolverla y, de nuevo, el aleteo del gorrión la despertó de sopetón. Dejó caer a sus pies un nuevo carboncillo y se alejó.

-"Soy alguien que te sigue, que te lee y te conoce desde hace tiempo", -leyeron las avellanas de sus ojos y una alegre carcajada la recorrió por entero.

-Pero, ¿dónde estás? ¡No te escondas! ¡Quiero verte, por favor! , -gritó la pequeña, mientras aleteaba sin parar y giraba sobre sí misma una y otra vez en busca de ese admirador o de esa admiradora que se empeñaba en ocultarse.

Mas no tuvo que esperar demasiado. Justo frente a ella, apareciendo de la nada, surgió una mano: grande, enorme comparada con su tamaño, fuerte, ancha, con dedos largos y delicados.

A la mano le continuó un brazo, luego un hombro, una pierna, un muslo, un estómago...Aquel ser poseía un tamaño descomunal y la minúscula hadita no pudo dejar de asustarse.

A punto estaba de huir, cuando una voz masculina, hermosa, cálida, jovial, dulce, simpática y acariciadora le hizo permanecer en el mismo sitio.
-Por favor, no te asustes, no te vayas. No voy a hacerte daño. Eres tú quien ha pedido verme , -suplicó el surgido del aire.

Ella, todavía temerosa, giró su cabeza y su cuerpo la acompañó hasta toparse, frente a frente, con él. Entonces, sí que sus ojos se abrieron como jamás lo habían hecho hasta ahora. Allí, delante de ella, se encontraba el más bello de los ángeles. Con su tez dorada por el sol, su gran envergadura, su cabello oscuro y suave y el par de alas blancas más impresionantes y mejor cuidadas que jamás habría imaginado.

Siguió escrutándolo con sus inquisidores ojos y, al llegar hasta su mirar, el corazón de la hadita cabalgó salvaje, caótico e ilusionado. Cabalgó de tal modo que sus mejillas no pudieron evitar sonrojarse al pensar que el ángel tenía que haber escuchado el alocado ritmo de su latir.

Impactada por aquel encuentro inesperado, se limitó a sonreir al sentir la sagrada dulzura que emanaba de su recién estrenado amigo.

Poco a poco fueron descubriéndose el uno al otro. Era raro el día en que no charlaban un rato en aquel mismo claro del bosque. A los pies del nostálgico sauce llorón, donde él le contaba de su vida y ella, extasiada, sonreía al confirmar, a cada segundo, lo que él no se atrevía a decir.

Los días en que las obligaciones de ambos no les permitían reunirse, ella le dejaba notas a lo largo del inexistente camino y él enviaba a su fiel gorrión de manchado pico.

El hada atesoraba aquellos trozos de carbón escritos como la más divina de las gemas. El ángel memorizaba cada una de las palabras que ella le escribía como si a fuego se grabasen en su ser.

Ambos poseían vidas completas y, sin embargo, ambos necesitaban cada vez un poco más del otro.

Podían compartir horas enteras como si de breves segundos se tratasen. Ella adoraba que él la sujetase entre sus manos y, en sagrado silencio, contemplarle. Al final siempre acababan riendo y carcajeándose.

Un día, buceando juntos en ese rugiente océano del silencio compartido, ella decidió dar un paso más y haciendo uso de sus incansables alas, se mantuvo suspendida en el aire frente al magnífico rostro que la observaba. Con sus dos feas manitas empezó a acariciarle la frente, las sienes, el cabello, las mejillas, la bellísima nariz, los sensuales labios, la viril barbilla. Mientras, él cerraba sus ojos y se dejaba arrastrar por el suave roce de la piel del hada, en un acto de absoluta entrega y de infinito amor.

No hacía falta decir más. No era necesario hablar pero, sin embargo, ambos lo hicieron y el más enamorado "te quiero" nació de cada una de sus bocas al mismo tiempo.

El de ella, incansable y generoso como el acariciar de sus manos.

El de él, profundo y real como el batir de sus párpados.

¡Tan distintos y tan iguales! ¡Tan lejanos y tan unidos! ¡Tan suyos sin ser del otro! ¡Tan amados y tan amigos!

Ella no le pedía nada y todo se lo daba. Él no podía entregarse y a ella le pertenecía.

Sabían que nadie podría comprenderles y no les importaba, porque sintiéndose unidos, era como más felices se sentían y, estando unidos, incluso sus mundos les sobraban.

Compartir esos ratitos suponía para ambos el nacimiento de un universo nuevo por y para ellos solos. Juntos, se adivinaban vivos, exultantes, fuertes, bellos, grandes, únicos. Separados, las horas transcurrían igual de lentas que los siglos y, permaneciendo separados, era cuando más del otro se vivían.

No pasaba ni un solo instante en que el hada no pensase en su amor imposible de blancas alas.

No pasaba ni un solo momento en que el ángel no pensase en su hada de amor, de transparente sonrisa.

Al separarse, mientras sus bocas reían, sus almas lloraban y, al reencontrarse, incluso el bosque se emocionaba al ser testigo secreto de los amantes corazones que se buscan y se desean. Que se dan y no reclaman.

Una nueva gota de fresca lluvia otoñal salpicó los poco agraciados pies del hada quien elevó sus ojos hacia el cielo en busca de su imposible enamorado. ¿Cuánto hacía que no le observaba? ¿Una semana? ¿Siete siglos? ¿Un instante?...Daba igual el lapso de tiempo sin tenerle a su lado puesto que, siempre, se le aparecía como un destierro eterno.

Su ángel disfrutaba de su propio mundo del que tenía que ocuparse y ella se debía a ese alféizar y a esa plaza de los viejos que, como universo propio, había aceptado. ¿Qué importaba que sólo pudiesen gozarse a ratos? ¿Qué más daba que les separasen distancias y deberes, circunstancias y situaciones si, de forma constante, perenne y eterna se pertenecían el uno al otro y así gustaban de vivirse?

Una última gota recorrió, silente y despacio, el pálido rostro del hada mientras su fea mano izquierda se aferraba al oscuro trozo de carbón que pendía de su terso cuello.

Una dulce lágrima de sagrado amor la nutrió de su ángel cuando se escondió entre sus frescos labios al contemplar, una vez más, el penetrante y enamorado mirar, color esmeralda que, de la nada, surgía ante ella, llenándola por entero.

LOS CUENTOS DEL HADA:

CAJAS DE MEMBRILLO Y JAZMÍN

El pato de goma la miraba con sus ojos curiosos, redondos, oscuros, inquietos e incansables, a través del polvoriento cristal de la ventana. Al hada siempre le habían gustado los patos de goma, le parecían divertidos y tremendamente simpáticos.

Por regla general le gustaban todos los juguetes de los humanos. Pero sobre todo le hacían mucha gracia los animales de peluche, tiesos, peludos y con su enternecedora mirada. Tenía suerte, a la mujer de la ventana le apasionaban.

Alguna vez había intentado contarlos, pero le era imposible. Sabía que los había por todas las estancias de la casa y ella no llegaba hasta allí. Sólo le era posible acceder a la luminosidad del dormitorio grande, al claro-oscuro del salón comedor y a la penumbra de la habitación de invitados.

Le gustaba mucho este último espacio: pequeño, acogedor, en tonos azules, coqueto, con el claro toque femenino de la mujer de la ventana y repleto de cachorros de peluche. Desde caballitos de mar hasta los típicos oseznos. Todo un caótico zoológico de felpa la admiraba y le sonreía desde el otro lado del traslúcido vidrio.

A veces, cuando la mujer de la ventana desaparecía durante días, el hada se colaba por la apertura de la ventana del salón y, sigilosa, aún sabiendo que no había nadie, penetraba en ese mundo prohibido para los seres mágicos. Siempre se trataba de una aventura emocionante y única.

Desconocía la causa, pero le encantaba el aroma de la casa. Puede que fuera por las velas e inciensos que la mujer encendía y quemaba a diario. Dejaban un regusto a dulce membrillo en el ambiente que la embriagaba hasta hacerle cerrar los ojos y la arrastraba hasta los propios olores de su infancia.

Cuando entraba en la vivienda, sólo le era posible acceder al salón y al pequeño dormitorio celeste, el que tanto la atraía. Pero no importaba, se podía pasar horas observando hasta el más mínimo detalle y reconocía, al instante, los cambios más novedosos.

Repasaba uno a uno los títulos de los centenares de tomos que acaparaban polvo en las diferentes estanterías. Sonreía siempre que descubría algún nuevo ejemplar sobre el mundo de las hadas y el resto de seres mágicos.

A veces, era tan agotadora la visita que no le restaba más remedio que descansar sentada sobre alguno de las decenas de tarots que conformaban una de las colecciones de la mujer de la ventana.

Sabía que el de Ryder, el de Marsella, el céltico y el de Balbi se contaban entre sus favoritos, porque eran los más usados y gastados. Sobre todo este último que, a su vez, fue el primero que cayó en manos de la hembra mortal cuando apenas contaba con 16 ó 17 años y que la había embarcado en un universo de estudios y de experiencias con respecto a ese arte tan antiguo como apasionante.

Las hadas y elfos, en general, eran amantes de las prácticas adivinatorias humanas. Les llamaba la atención la gran cantidad de prácticas diferentes que los hombres y mujeres de todos los tiempos habían creado para conocer qué les depararía el futuro. ¿Futuro?, ¿acaso existía el tiempo?

No alcanzaba a comprender cómo estaban tan ciegos, cómo seguían tan ciegos desde hace milenios y no se daban cuenta de que para conocer lo que te depararía el mañana sólo era imprescindible el sentarte contigo mismo, en soledad, quietud y autocontemplación y buscar todas y cada una de las respuestas que, siempre, se hallan en nuestro interior.

No importa cuál sea nuestra naturaleza. Da igual que seamos seres mágicos, naturales, sobrenaturales o preternaturales. En cada uno de nosotros se encuentra nuestro propio libro de instrucciones con las respuestas adecuadas a cada pregunta.

Sin embargo, la mujer de la ventana sí que parecía, en cierto aspecto, alguien diferente. Ella sabía y defendía con absoluta rotundidad que la práctica de cualquier mancia, como por ejemplo el tarot, consistía en un método de concentración, relajación y meditación, por medio del cual poder llegar, de forma consciente, a ese determinado estado alterado de conciencia donde nos sentamos con nosotros mismos e iniciamos ese diálogo, siempre tan fructífero, como subyugante.

Ese día, el alocado canto de los pájaros de las enormes jaulas que parecían presidir la habitación e incluso la casa, la despertó del sopor que la había abrazado, tumbada sobre la carta de la estrella que, por alguna razón desconocida, se había salido del mazo.

Saludó a las tres pequeñas aves e incluso se sentó con ellas, dicharachera, compartiendo una de sus perchas, a parlotear durante un buen rato. El hada les narraba historias de árboles mágicos, de lugares recónditos, de extrañas criaturas y ellos, más tarde, le trinaban diferentes situaciones y experiencias vividas junto a la dueña de la casa.

Tanto a los emplumados, como a la alada hada, los relatos escuchados les parecían impregnados de magia y de misterio.

Una vez acabado el ritual de la charla con aquellos inteligentes y diminutos seres, llegaba el momento más deseado y, posteriormente, más recordado para la pequeña hadita: el momento de visitar el cuarto de cortinas y colcha azules.

De forma rectangular, más bien pequeño, con una ventana doble que ocupaba casi todo el fondo, con sus cortinas a cuadros azules, su mesilla de noche de madera de pino, sobre la que descansaba un mantelito de la misma tela que las cortinas, le parecía precioso y lleno de encanto. ¡Le entusiasmaba aquel lugar!

Desde las tres estanterías, la perenne cohorte de bichos de trapo la espiaban y la toleraban. También había libros aquí y cómics y cartas, pero esta vez de póker.

Sobre los estantes, como regados a propósito, iban surgiendo anillos, broches, gafas, relojes, pulseras y colgantes. Algunos de hadas, otros de mariposas, unos cuantos de amorfas formas...Y las cajas...¡Adoraba aquellas cajas!

Las había de cartón duro, ricas en colores, sombrías, redondas, cuadradas, en forma de corazón, altas, bajas, a rayas, con lunares, enormes o minúsculas. En muchas, ni ella siendo tan pequeñita habría cabido, pero en otras, hubiera sobrado sitio hasta para un ejército de hadas.

Tras acariciar la lisa superficie de las cajas y deslizarse sobre ellas, se dedicaba a revolotear un rato entre las ropas que colgaban del perchero tras la puerta y entre las que siempre dejaba la mujer colgadas de la esquina de una de las estanterías.

¡Qué bien, se había dejado sobre la cama, la falda de hada! Así la había bautizado la propia humana cuando la vio en aquellos almacenes del centro y tenía razón: con forma de tubo, corta y con diferentes volantes en tonos ocres-verdosos, de diferentes medidas, podía pasar por ser su propia falda confeccionada con hojas de helecho.

Decidió tumbarse sobre uno de los volantes color abeto y entornó sus ojos. Una delgada línea iridiscente y temblorosa la poseyó y el cuarto se llenó de llamaradas de luz dorada que parecían converger en la enorme caja roja que había a los pies de la cama. Curiosa, se acercó hasta ella y, de pie sobre la mullida y cálida colcha azul eléctrico, la escudriñó.

No entendía por qué, pero, por alguna razón, el brillo vivo y pasional de la caja le transmitía nostalgia, melancolía, morriña del pasado.

Aleteando sus pequeñas alitas se dejó caer sobre la tapa colorada. ¡Era tan perfecta! Brillante, grande, nueva, resistente, lisa, bonita y resbaladiza. Sin embargo continuaba sintiendo esa desazón.

Comenzó a pasearse sobre su superficie, con sus brazos cruzados sobre su pecho y su mirada perdida entre sus horripilantes pies, como hacía siempre que intentaba entender algo y no aparecía la respuesta adecuada a sus preguntas. Entonces lo notó. Notó que el suelo bajo sus feos pies se movía, se agitaba, temblaba, ¡saltaba! La caja había brincado sobre sí misma: ¿cómo era posible?

Rápidamente se tumbó boca abajo sobre una de las esquinas de la cubierta roja y pegó su picuda oreja derecha al precioso cartón. ¡No podía creerlo! ¡Se escuchaba un latido que provenía del interior! ¿Habría algún ser escondido allí dentro? ¿Se habría metido allí la coneja de la mujer de la ventana por equivocación? No, imposible, había sido testigo de cómo la mortal se la llevaba con ella a donde quiera que fuese. ¿Entonces, qué sucedía dentro de esa espectacular caja de color rojo?

Siempre se ha sabido de la innata curiosidad de las hadas y el hada de la ventana no era menos curiosa que la más curiosa de ellas. Así que se dispuso a intentar abrirla para comprobar qué había dentro. Miró a su alrededor durante un buen rato buscando algo que le pudiera servir de palanca o de ariete con el que poder levantar la cubierta. Tras varias miradas observó cómo sobresalía del techo del armario, una regla de plástico transparente. Siendo de plástico no sería muy pesada y podría maniobrarla sin dificultad. Ahora sólo quedaba por confirmar que fuese lo suficientemente larga.

Elevándose en un santiamén se encaramó sobre el armario. ¡Sí, la regla medía lo necesario como para, al menos, intentarlo!

Se dejó caer hasta el suelo aún más rápido de lo que había subido y se colocó justo junto a la esquina en la que antes había apoyado su oreja puntiaguda. Agarró la regla por un extremo, la elevó como si de una pértiga se tratase y apoyó la punta más lejana a ella contra la doblez de la tapa. Haciendo uso de la gran potencia de sus alas, empujó y empujó hasta que creyó que sería mejor rendirse. Fue en ese preciso momento cuando la tapadera cedió, saltó lo suficiente hacia atrás y dejó descubierto un pequeño fragmento de la superficie de la caja.

Rauda como una centella, tiró la regla a su derecha y voló hasta la abertura. Agarrándose a las aristas del ángulo de duro papel y dejando su cuerpo en el aire, asomó su níveo rostro hacia la nueva oscuridad. Esperó unos instantes a que sus avellanados ojos se acostumbrasen a la falta de luz. ¡Pero si estaba vacía! Comprobó, casi metiendo medio cuerpo, que no había nada dentro.

Desilusionada e incrédula, comenzó a salir de nuevo hacia la iluminada estancia y, entonces, notó el aroma. Los membrillos dulzones de la casa habían dejado paso a un olor distinto.

Profundo, alegre, sensual, joven, llamativo, parecido al del jazmín florido en una tarde de septiembre, enriquecido con un ligero toque a gardenia, canela y madera de haya. Sin duda era aún más impactante y atractivo que el de los ricos membrillos.

Así estaba, con sus ojos cerrados, dejándose llenar por ese maravilloso olor, cuando hasta sus oídos llegó el eco de un suspiro. Penetrante, sereno, deseoso, sencillo, esperanzado, semejante al respirar de un imperturbable Cupido que dirige, sabiamente, sus flechas hacia los corazones de los enamorados.

Sin duda se trataba de una garganta masculina la que emitía semejante sonido. Al momento miró hacia la ventana y contempló cómo la oscuridad se adueñaba de las cortinas azules. La noche caía sobre la ciudad y ésa era la señal de que no debía permanecer más tiempo en un lugar catalogado como "no mágico".

Decidió dejar la tapa como estaba. Además, no creía tener suficientes fuerzas como para volver a colocarla en su correcta posición.

Mientras volaba de regreso hacia su alféizar, tras desearles un apacible descanso a sus amigos, los tres periquitos, se preguntó si la mujer mortal habría salido de viaje en busca del dueño de esos suspiros.

Esa noche, el hada supo que la mujer de la ventana había llegado al final de un camino y que, en él, se había dado de bruces con su propio destino.

Esa noche, el hada soñó con que destapaba una gigantesca caja de color rojo. En su interior, la mujer de su ventana y el hombre de los suspiros se besaban, abrazados, sin importarles la presencia del resto del mundo que, envidioso, era testigo de tamaño regalo de amor.

(Escrito el 18/08/2006)

LOS CUENTOS DEL HADA:

CRUCE DE SUSPIROS

Al hada comenzaron a caerle pequeñas piedrecitas sobre su cabeza. Un nuevo y bucólico despertar le azotaba el rostro en forma de operario cantarín.

Si el obrero que arreglaba la fachada acertara a verla, estaba segura de que, del síncope, caería andamio abajo. Pero tan segura estaba de ello como de que le sería imposible siquiera sentirla casi pegada a él. La magia que la había creado no se asemejaba en nada al halo mágico que envolvía al hombre en cuestión. ¡De nuevo esos alienantes martilleos! ¿Es que jamás iban a terminar el arreglo del edificio?

Con sus horripilantes manos tapándole las puntiagudas orejas se sentó en su esquina favorita que, además, en esta ocasión, coincidía con ser la más alejada del laborioso mortal. Juntó sus piernas, elevó las rodillas contra su pecho, abrazó sus tobillos y, apoyando la barbilla sobre sus rodillas entornó sus aún brumosos ojos color avellana y miró hacia la plaza.

Fue entonces cuando notó ese cosquilleo. Miró a derecha, luego a izquierda y no hizo caso. Volvió a perder su mirada entre los pocos niños que permanecían en la ciudad bajo el abrasador sol. Cosquillas, cosquillas, cosquillas...Se incorporó de un salto, al mismo tiempo que su mano derecha agarraba su tripa. Abriendo mucho sus enormes ojos se preguntó cómo podía ser que un pacífico ejército, formado por millones de minúsculas mariposas, se hubiera internado en ella.

Al momento, sonrió: ¡no podía evitar hacerlo! Pero ¿qué extraño sortilegio se había apoderado de su persona? Desde la leve penumbra que le brindaba esa esquina del alféizar espió por unos segundos al obrero. ¿Acaso se trataría de algún trasgo burlón disfrazado de mortal queriendo gastarle una broma? Mas, rápidamente, se dijo a sí misma que tan obvia era la naturaleza mortal en aquel ser como la suya inmortal y mágica.

¿Entonces?, ¿qué le estaba ocurriendo? Al instante se dio cuenta de que su corazón se aceleraba. Con su mano derecha todavía sobre su saltarín estómago, llevó la izquierda hasta su pecho. ¿Cómo era posible ésto? Sin más ni más, latía vertiginosamente. De un modo exaltado, loco, desordenado pero, al mismo tiempo, alegre, emocionado, vivo...

¡Viva! ¡Sí, esa era la expresión! Jamás hasta ahora se había sentido tan viva.
Es más, se sentía como si aun sacándose el corazón del pecho y, observándolo a la luz, le fuera posible continuar viviendo impulsada por ese aleteo constante de su tripa que, sin lugar a dudas, era quien marcaba el galopante ritmo de sus latidos.

No entendía qué era lo que le llevaba a sentirse de ese modo y el temor se apoderó de ella. La angustia creada por su total desconcierto estaba a punto de apoderarse de ella cuando, de improviso, se giró y miró hacia la ventana. Pese a la persiana bajada, pese a las cortinas echadas, la magia que la creó le permitía llegar a ver a la mujer que habitaba tras esos muros.

Allí estaba una vez más. Desnuda, tumbada boca abajo en la cama, con el ventilador frente a ella, escribiendo sobre un bloc de enormes hojas blancas. Todo parecía igual que siempre: el televisor apagado, Mozart dándole vida y majestuosidad al lugar, el canturreo constante de los pájaros que la mujer tanto amaba,... Fue en ese preciso segundo cuando el hada observó la sonrisa que iluminaba de un modo divino el rostro de la mujer. Parpadeó un par de veces y trasladó su propia mente hacia el reflejo que, defícilmente, le regalaba el ahora polvoriento cristal. ¡No podía creerlo! ¡No daba crédito a lo que estaba viendo! ¡Compartían idéntica sonrisa!

¡Incluso su mirada era exacta a la que discurría sobre aquel bloc lleno de vida! Se preguntaba cómo era posible tal hechizo cuando, de pronto, la respuesta a todas sus preguntas comenzó a aparecer.

En total silencio, la mujer elevó su mirada hasta la pantalla del aparato donde escribía y con el que se comunicaba con otros mortales conocidos e incluso desconocidos y, con su mirada todavía fija sobre su superficie, sus labios se entreabrieron y un leve, pero intenso suspiró se adueñó de la estancia al nacer. El mismo suspiro que los carnosos labios del hada descubrieron como suyo.

Supo que aquello que estaba viendo la mujer sobre el rectángulo de tintineante cristal tenía que ser la causa de semejante hechizo y ordenó a su mente que la llevase hasta allí. Tras dos nuevos parpadeos se vio a sí misma sobre la mesa de madera clara, pequeña, minúscula, frente a la grandiosidad de aquella pantalla. Ante ella, unos preciosos ojos verdes, quietos, nostálgicos, profundos y amorosos, escondidos tras unas rutilantes gafas de sol, la escudriñaban.

Las dos, mujer y hada, volvieron a suspirar al unísono.

Las dos, hada y mujer, volvieron a iluminarse con la divina luz que les brindaban aquellos luceros color esmeralda.

Por vez primera en toda su existencia, el hada comprendió y experimentó la magia del amor mortal.
Por vez primera en todas sus vidas, la mujer supo y conoció lo mágico del inmortal amor.

Sus caminos se habían cruzado. Puede que, a partir de ese momento, el hada fuera mujer o la mujer fuese un hada...O puede que siempre lo hubiesen sido y, hasta ese instante, no lo hubiesen sabido.

Ambas se sentaron a contemplar una vez más ese rostro que las llenaba por completo. Sendas dulces lágrimas, en forma de corazón, discurrieron por sus mejillas para morir en sus bocas y, así, volver a nutrirlas de ese amor eterno que, una vez, les había dado vida.

LOS CUENTOS DEL HADA

Eclipse de Magia
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Aún bostezante, un poco más cansada de lo habitual en ella, el hada entrecerró sus párpados hasta que la avellana de sus ojos se transformó en una línea terrosa. Estirando el cuello buscó al astro rey. Allí estaba: esplendoroso, cálido, brillante, rotundo. Olfateó la estática electricidad que se adueñaba de la atmósfera en esa mañana primaveral y, agitando sus seguras alas, se despidió del alféizar gris y de la plaza de los viejos por unas horas.

Sobrevolando a niños, mujeres, hombres y perros se encaminó hacia el túnel energético. Para los humanos se trataba de un simple y vetusto cementerio abandonado. Para los elementales constituía un importante centro de poder donde hadas y silfos se reunían durante el tiempo en que se desarrollaba un eclipse, el mismo tiempo en que quedaba totalmente prohibida la práctica de la magia.

Ansiaba reencontrarse con sus grandes amigos, la impresionante Galataia y el simpático Otón. Galataia, como toda nereida, poseía una belleza extraordinaria. Con una piel blanca como su madre,la espuma del mar; con las sensuales formas de la ola que, eternamente, se funde con la suave arena, había compartido con ella secretos mágicos, ratos repletos de risas, silencios solemnes y susurrantes historias.
El silfo Otón se parecía a los vientos que dominaba y que centraban su existencia. En ocasiones se antojaba suave y fresco, como la brisa de una tarde de verano y, en otras, impetuoso y soberbio como el ulular de la tempestad durante la tormenta. Pero siempre hacía gala de su humor inteligente, irónico y diferente, desplegando esa irresistible sonrisa ante la que todos se dejaban arrastrar como si de un remolino aéreo se tratase.

Los tres habían formado un singular triángulo mágico. Desde aquella mañana de otoño en que se encontraron, siendo muy jóvenes, sobre la negra arena de la playa de aquella isla mitológica que les vio nacer, el lazo que les unió continuaba atando sus almas eternas.

¿Aparecería en el cónclave algún visitante inesperado?¿Acudiría algún gnomo viajero? Nunca se sabía quiénes asistirían ni lo que sucedería durante esos minutos en los que la Tierra centraba toda su capacidad mágica en no dejar de besar a su eterno amado, el Sol.

El alocado vuelo de las escandalosas cotorras la arrancó de su ensimismamiento justo en el momento en que la sensual Luna comenzaba a entrometerse entre el rutilante Sol y la fecunda Tierra. Aceleró su volar hacia la tumba de Rosario, el punto más septentrional de todo el cementerio, el lugar donde el cónclave tomaba forma.

A medida que se iba acercando, desde lo alto, observaba la llegada de los asistentes al cónclave y, sí, Galataia y Otón ya estaban sentados junto a la lápida de mármol gris. Ella le pareció mucho más bella de como la recordaba: luminosa, radiante, serena, elegante, sensual. Otón, se encontraba sentado sobre las rodillas de Galataia, dicharachero, contándole algo a la Señora de las Aguas, que la hacía sonreir de modo constante.

El hada se posó sobre el terso hombro de su marina amiga:
-Otón, ¿nunca te cansas de soplar y soplar?, -preguntó campechana.
-Vieja amiga, si dejase de soplar, tus alas no te elevarían sobre tu desnudo alféizar de piedra, -contestó rápidamente el inquieto silfo mientras lanzaba al hada una bocanada de aire que casi la hace caer sobre la esculpida clavícula de Galataia.
Los tres rieron encantados por el reencuentro.

Entonces apareció la anciana Hoela y se hizo el silencio. Todos los presentes se pusieron en pie e, inclinando sus cabezas, reverenciaron la parsimoniosa llegada de la sabia salamandra. La más vetusta criatura nacida del fuego, cuando los volcanes reinaban sobre todo lo creado, se acercaba, lentamente, apoyada sobre su báculo de lava, fijando su rojizo mirar sobre cada uno de los allí presentes. Desde el enano Nera, hasta el elfo Mïros, cada duende, cada hada, cada silfo, pudo sentir la calidez de esos ojos clavándose en cada uno de ellos en forma de espiritual y reconfortante abrazo.

Hoela fue ayudada a subir sobre la losa de Rosario y, desde allí, tras cerrar sus arrugados párpados, inició la ceremonia de protección material. Al no poder hacer uso de la magia durante el transcurso de un eclipse, porque así había quedado establecido desde el principio de los tiempos, los elementales debían reunirse. De esta manera, frente a la amorosa figura del ser mágico más sabio y anciano del territorio, quedaban a salvo de las miradas curiosas de los humanos mortales que, sólo durante los minutos en que la Luna se entremetetía entre el planeta y la estrella, tenían la capacidad de usar -aún sin saber cómo- los poderes mágicos naturales. Algo absolutamente peligroso para los espíritus de la Naturaleza, puesto que los hombres eran capaces de ser testigos oculares de la existencia de toda una pléyade de seres elementales que, a cada instante, convivían con ellos.
Sólo el amor y la sabiduría podían mantenerles a salvo puesto que, juntos, conformaban un halo de infinita protección que, sin ser mágico, sí les otorgaba la posibilidad de que, nadie ajeno a la contemplación de la salamandra, pudiera rozar al círculo que formaban sin sufrir dolorosísimas quemaduras.

El hada miró por un breve instante a sus amigos. Primero elevó su cuello hasta alcanzar los ojos de Galataia, que ya le sonreían y luego llegó hasta la chispeante mirada de Otón, que soñaba con huracanados vientos y torbellinos aéreos.

Sintió la silente llamada de la maternal salamandra y se dejó arrastrar por esa voz muda que resonaba dentro de su pequeña cabecita.

Por momentos escuchaba una voz masculina sensual, susurrante, atractiva que la acariciaba y la sostenía en su vagar entre montañas candentes y desiertos incandescentes. De pronto la voz parecía parirse a sí misma por medio de sollozos angelicales, a través de los inconexos gimoteos de una recién nacida niña que flotaba tranquila, relajada, sobre los riachuelos de magma. A la derecha del hada caminaba la nereida. A la izquierda, Otón. Junto a ellos el resto de elementales conformando una especie de callado y pacífico ejército guiado por los balbuceos de la pequeña criatura de ojos de fuego que disfrutaba de su ardiente singladura.

De repente las erupciones pararon, los volcanes enmudecieron, los gases desaparecieron y la lava se solidificó creando malpaíses rocosos. Un artístico paisaje de amorfas formas pétreas les rodeó mientras la niña, al tiempo que intentaba erguirse y sostenerse sobre sus regordetes pies, empezaba a transformarse en una joven de soberbias formas. La ahora madura y perfecta figura les invitó a acercarse y a rodearla mientras se sentaba sobre el basáltico suelo.

Fue fijando sus ojos de fuego sobre cada uno de los tranquilos seres y, entonces, el hada y todos los demás descubrieron que se hallaban frente a una Hoela joven y bella. Generosa como era, madre entre las madres, protectora de sus hijos, les había conducido hasta el instante más amoroso de su propia existencia: su propio nacimiento y sabio crecimiento.

El hada volvió a mirar a sus amigos y, a través de una última sonrisa, se despidieron unos de otros. Sabían que, tras este último parpadeo, la magia volvería a reinar sobre la Tierra y la anciana salamandra depositaría a cada uno de ellos en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Plegando de nuevo sus párpados, se dejó mecer por los brazos invisibles de la anciana madre que le acunaban al ritmo de los latidos del ardiente corazón que, ahora, les unía a todos y se quedó plácidamente dormida.

La plaza de los viejos estaba abarrotada de gentes armadas con prismáticos, lentes de todo tipo, cristales, radiografías, gafas de sol. Los mirlos cantaban al nuevo amanecer. Las cotorras volvieron a saludarle enloquecidas por el naciente día cuando la contemplaron, otra vez, en su ventana. Los perros aullaban aún a la desaparecida redondez lunar. El eclipse había pasado. La magia volvía a reinar entre los descreídos mortales.

Un sonriente suspiró brotó de los labios del hada cuando un viento juguetón la rozó y el sonido de las lejanas olas rompiendo contra las rocas se apoderó por un instante de sus oídos. Fue entonces cuando reparó en que su mano derecha estaba cerrada y, en su interior, se escondía un sólido objeto. Una agradecida lágrima de fuego rodó por su pálida mejilla al extender sus dedos y observar el pétreo corazón de basalto negro que parecía latir sobre su sedosa piel.

LOS CUENTOS DEL HADA:

Amanecer de Vidas
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El canturreo de los oscuros mirlos despertó al hada de su soñar. Abrió primero su ojo izquierdo y, mientras los párpados del derecho comenzaban a replegarse, adivinó la silueta de una niña sentada en el banco de los viejos. De un rápido salto se puso en pie al saber que su vetusta amiga descansaba unos instantes frente a ella.

Se elevó sobre el alféizar de piedra gris y, mientras la gata LLuna la espiaba desde los setos del jardín, sobrevoló las palmeras, el abeto y los tejados hasta situarse en la copa del menor de los cipreses de la plaza. Decidió permanecer, quieta, unos minutos observándola.

Frente a ella, allí abajo, una niña de unos siete años chupeteaba un caramelo. Callada, pensativa, mientras sus cortas piernas colgaban, meciéndose al ritmo que marcaban los dedos de su mano derecha que no dejaban de jugar con el cabello que manaba de las fuentes de sus coletas.

Su pelo dorado, los ojos verdosos, sus mejillas rosadas salpicadas por una pecosa espuma y una piel suave y pálida la harían pasar desapercibida ante cualquiera, si no fuese porque el reloj de la plaza marcaba casi las seis menos veinte minutos de una mañana primaveral.

Vestida con unos pantalones vaqueros color cielo y una blusa rosada regada por diminutas flores parecía mirar sus zapatitos negros como preguntándose cómo habían llegado hasta esos minúsculos pies que no existían y que, sin embargo, ahora le servían de apoyo.

-Buenos días, vieja amiga, ya pensaba que no te volvería a ver por estos andurriales. Pero hoy te he pillado.- Dijo el hada, revoloteando desde la copa hasta el espaldar del banco de madera.

-Esperaba que bajaras de una vez, ya sabes que no me gusta nada ser observada, coqueta dríade.- Contestó sonriente la solitaria niña.

Al cruzarse sus miradas al hada le recorrió un intenso escalofrío. Una vez más pudo sentir el poderoso amor que se escondía tras los ojos de la, ahora, pequeña.

-Disculpa mi atrevimiento, pero ya sabes de la curiosa observación de nosotras, las hadas. Es algo irremediable. No podemos dejar de espiar, aunque sólo sea por unos segundos, a todo aquel ser que se nos antoja diferente, interesante, único...Y sin duda tú eres uno de los más atractivos. Puede incluso que ocupes el primer puesto en la escala de "bichos raros".- explicaba, atropellada por una risita ahogada que salía de su estrechísima garganta-¿LLevas mucho tiempo aquí, en el banco?

-No te preocupes, sé perfectamente que vuestra propia naturaleza conlleva un torrente de locuacidad y de curiosidad ilimitado -replicó la nena mientras el índice de su mano derecha volvía a enroscarse a lo largo del tirabuzón que nacía cerca de su oreja-. No, no llevo mucho tiempo. Puede que me sentase aquí quince minutos antes de tu llegada. ¡Está tan tranquila y bonita la noche!, -añadió mientras elevaba su cabeza y sus brillantes ojos escudriñaban las estrellas que se asomaban de entre las nubes.

-Es verdad, parece más una mañana de verano que de recién nacida primavera. -El hada miró de reojo a su amiga- ¿Será rápido esta vez?, -le espetó devolviendo su mirada al cielo.

-Sí, casi ha llegado ya el momento. Será rápido. Ella está preparada. A pesar de que aún es joven sabe que la aventura real está a punto de comenzar y desea que suceda lo antes posible -le contestó mientras continuaba chupeteando el caramelo-. Me resulta agradable esta mujer, por eso, tras pedirle permiso a su hermana mayor, he tomado la apariencia que ésta tenía cuando, juntas, corrían por esta misma plaza.

La dríade le regaló una abierta sonrisa y asintió. Iba a preguntarle si no se sentía cansada cuando, una vez más, volvió a experimentar ese momento mágico en que su acompañante se despedía de ella con un sutil "hasta siempre, sé feliz" permitiendo que sus formas se difuminasen hasta desaparecer de su lado por completo.

-Sé feliz tú también- susurró el hada al vacío que La Muerte había dejado sentado a su lado.

Contenta por el fugaz reencuentro voló hasta su ventana. Imitando a la sabia figura dejó que sus desnudos y feos pies dibujasen ondas en el aire mientras era testigo silente de la alegría de dos niñas con rubias coletas, que saltaban y reían sin parar, felices, pletóricas, sobre la húmeda hierba que adornaba aquella parte de la plaza.

LOS CUENTOS DEL HADA:

Besos de humo
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El alféizar volvía a ser de piedra gris y, frente a ella, aparecía de nuevo la plaza de los viejos donde el solitario banco esperaba que una dolorida espalda descansase. Desconcertada y somnolienta, el hada restregó sus horripilantes manos sobre sus hinchados párpados. ¿Cuánto había dormido esta vez?: ¿un día?, ¿una semana?, ¿un mes?, ¿un año?, ¿un segundo?.

Las palomas volvían a saludarla desde las frondosas palmeras, mientras las parlanchinas urracas, desde la cúspide del silencioso abeto, contestaban al saludo matutino de las escandalosas cotorras verdes .

La vida de la gran ciudad bullía a su alrededor. El constante ruido del rodar de los vehículos y el atronador silencio de las gentes errantes, sólo roto por el arrastrar de pies y almas, resonaban, sin cesar, dentro de su minúsculo tímpano. Apoyó su espalda contra la pared rojiza y, encogiendo sus regordetas piernas, se aferró a sus tobillos reposando su pálida frente sobre la tensa doblez de sus rodillas. Sus labios empezaron a dibujar una escondida sonrisa en su rostro cuando volvió a evocar el humo que la envolvía, durmiente, momentos antes.

En su sueño iba en busca de ese humo como el río va en busca del mar con que fundirse. Sabía que para encontrarse con él tendría que adentrarse en el bosque de hadas que, por tiempo, le sirvió de hogar. Aquel bosque que tanto la añoraba y al que tantas veces había echado de menos aunque le atrajera e impusiera de igual modo.¡Hacía tantos años que no había vuelto a internarse entre las tupidas ramas de sus sonrientes árboles!¡Hacía tanto tiempo que no revoloteaba entre las mágicas calabazas flotantes, encargadas de iluminar los ocultos caminos!¿Reconocería los cantos de los alegres arroyos?¿La recordarían los traviesos duendes y los esquivos elfos?¿Continuaría la Ondina embriagando a la Luna con sus baños de plata? ¿Seguirían celebrando aquellas fiestas tan divertidas los ratones de los campos cercanos al bosque?

Ensimismada, viajaba el hada entre sus eternos recuerdos, mientras revoloteaba sobre las mortales cabezas encaminándose hacia el oscuro y maloliente callejón donde hallábase la escondida puerta del mágico bosque. Desde lejos pudo observar cómo los descreídos y ausentes humanos veían sólo un angosto, lóbrego y sucio pasadizo en vez del comienzo de un universo real de color, luz y sonidos del que desconocía su final, si es que tenía fin.

Nerviosa, emocionada, excitada y sonriente, se mantuvo quieta por un breve instante. Suspendida en el aire observaba el pórtico de entrada formado por dos cipreses unidos por sus copas. Contaba la leyenda que, antiguamente, habían sido dos amantes que decidieron unirse para siempre y de cuya unión había nacido el bosque de hadas, como el hijo buscado y deseado al que cuidan y vigilan sus progenitores hasta que él mismo se ve capaz de crear y narrar su propia aventura. Según quién te contase la leyenda, los amantes eran gnomos, hada y silfo, elfos, duendes, gorriones, ardillas o incluso gotas de rocío.

Nada más traspasar el fresco pórtico vegetal sintió la presencia del humo. Primero fue un aroma a cálido tabaco, fermentada malta y sensual perfume el que la inundó por cada poro de su tersa piel. Luego fue su suave roce el que llevó hasta su interior a una marabunta de silenciosas mariposas que, juntas, entonaban el mismo canto de risas, miradas y esclarecedores silencios.
Encantada por las sensaciones que la poseían se dejó mecer por el humo. Se dejó arrastrar por esa corriente continua de sentimientos que la transportaban hasta momentos no recordados porque jamás fueron vividos y, sin embargo, tan reconocibles como soñados.

A medida que se internaba en el bosque de las hadas se sentía más ligera, más segura, más alegre, más risueña, más ella. El humo continuaba a su lado, atento, silente y, por un segundo, adquirió la forma de un caballeroso soldado que la empujaba a seguir, que la protegía del peligro de sus propios miedos y que la sostenía con una indescriptible carcajada, emperatriz del mutismo de cuadrados escarabajos, apagadas luciérnagas y gusanos paseantes sobre sus patas traseras. Callados testigos de un sueño de amor.

El hada se dejó guiar por el humo hasta uno de los rincones más escondidos del bosque, donde sólo existían ambos, hasta donde sólo llegaba el rumor apagado del salvaje torrente. Por momentos incluso el bosque desaparecía a su alrededor. Sólo humo y hada. Sólo hada y humo. Sólo bullicioso silencio. Sólo calladas palabras. No hacían falta gestos. No eran necesarios sonidos. El humo estaba ahí, frente a ella, junto a ella, la rodeaba, la poseía con un roce, como si la mirada del imaginado y valeroso soldado la recorriera por entero sin haberse despegado de sus cristalinos ojos.

Deseaba aspirar todo ese humo, hacerlo suyo, nutrirse de él, abrazarlo, aspirarlo del todo. Deseaba que la penetrase por entero, llenarse de él, que la abarcase completamente.
Deseaba que, entrando en ella, se convirtiese en dueño y señor de su ser sin que, por ello, el humo dejase de ser humo ni ella perdiese su mágica esencia.

El tiempo parecía no existir a pesar de que el cuco entraba una y otra vez en su reloj de arena marcando el transcurrir de aquellos momentos. No le importaba nada ni nadie. No se molestaba en buscar ni en añorar nada más allá de ese encuentro con el humo. ¿Qué iba a buscar, qué iba a añorar, si todo lo demás ya no existía? Entonces el humo adquirió forma de boca. Unos bellísimos labios le sonrieron como sonreía el caballero soldado imaginado momentos antes.

Se mantuvo quieta y los labios respondieron al ruego de los ojos avellanados del hada. Se aproximaron tanto hasta su propia boca que pudo sentir como propia la inenarrable mezcla de sensual perfume, fermentada malta y cálido tabaco que conformaban el sabor de esos anhelantes labios que esperaban una respuesta por su parte...Y entonces, al entreabrir los suyos sobre la humeante boca, justo cuando saboreó la sutil acidez del limón supo que, en aquel mismo lugar inexistente, a través de la eterna fugacidad de una caricia similar, en un tiempo tan pretérito como futuro, había nacido el bosque.

No importaba la naturaleza de los amantes creadores de dicho milagro. No importaba la causa que motivaba dicho encuentro. Lo esencial, invariable y perpetuo lo constituía la chispa creadora que surgía al entregarte por entero al deseo del humo, que no era más que el sueño de tu propio deseo.

Abrió los ojos y contempló la doblez de sus rodillas. El humo se había ido de su lado. Ya no podía besarla aunque ambos lo deseasen.
En algún lugar desconocido comenzaba a crecer un mágico y precioso bosque de hadas.
Puede que algún día el humo regresase. Puede que pronto ella fuera en su busca. Puede que todo fuese un sueño...O no.

LOS CUENTOS DEL HADA

Aullidos de magia
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El gato volvía a intentar llegar hasta la ventana del hada. Por más que ella se empeñase en dormir para, desde sus sueños, susurrarle en su picuda oreja que no podía ser, que aquel alféizar no era lo suficientemente amplio para ambos, el rollizo felino continuaba, tozudo, arañando la pared en cada uno de los intentos por llegar hasta ella.

El hada entreabrió sus rasgados párpados y entonces fue cuando, de un modo apagado pero continuo, alcanzó a escuchar el aullido del lobo. Su boca sonrió mientras su alma suspiraba. Su amigo lobo había regresado, ¿o es que nunca se marchó?. Aún recostada contra la esquina de la ventana que le servía de lecho y ya con la mirada despierta se dejó arrastrar por recuerdos compartidos con aquel viejo lobo.

La manera en que el fiero animal se enternecía al olerla y redescubrir en ella el mágico dulzor de las amargas almendras la fascinaba casi tanto como el tacto aterciopelado de su lengua cuando la recorría perdiéndose entre húmedas caricias. Adoraba esa naturaleza brutal y a veces brusca de su amigo. Cuando se sentaba en el frío suelo, refugiada entre sus patas delanteras y elevando sus cuellos, uno admirando a la Luna y la otra admirando al aullador amigo, un estremecimiento constante la recorría por entero.

Replegada sobre sí misma, apretándose contra la suave y cálida piel en que se había transformado su marmórea esquina, consiguió que los aromas a hierba fresca, a madera de haya y a vetusta ceniza que, mezclados, conformaban el olor de su amado lobo, la poseyeran por completo. Entonces volvieron a pasear por la roca caliza de ojos profundos desde donde los buitres leonados los observaban, sorprendidos y subyugados por el compartido caminar de tan singular pareja.
Una vez más disfrutaron de los silentes abrazos de los helechos gigantes mientras la exhuberante laurisilva derramaba sobre ellos su sensual lluvia horizontal creadora de vida. De nuevo compartieron la serena cúpula estrellada en la que se reflejaban cual espejo de inexistentes presentes.

El alba la volvió a descubrir entregada a la subyugante contemplación del plácido respirar de su querido lobo. No existían distancias. No existían silencios. No existían vacíos. La magia de un mudo aullido les había unido en el pasado y mientras el corazón de él desease seguir embriagando a la Luna y los latidos de ella se acelerasen al ser testigo de dicho encuentro, el futuro de compartir una mirada se transformaba en un presente eterno.

El lobo se sentó a descansar junto a la loba disfrazada de hada.
El gato seguía, tozudo, intentando llegar hasta ellos.